Esperanza

Queridos lectores, esta columna versa regularmente sobre temas de la democracia y las relaciones internacionales. Sin embargo, hoy les pido que sean indulgentes. La noche del domingo pasado fue particularmente dolorosa. Como millones, la ilusión se apoderó de mi persona, haciéndome creer que la hazaña era posible. La maldita realidad terminó por imponerse y la poderosa Inglaterra nos eliminó con la crueldad que sólo el futbol posee. 

Soy un veterano en materia de decepciones. En 1973, a mis tiernos ocho años, aún recuerdo a mi padre lamentarse por la tragedia de Puerto Príncipe. Con vudú de por medio, fuimos eliminados después de una derrota inesperada de 4-0 contra Trinidad y Tobago. Adiós al Mundial de Alemania Occidental.

En 1978, la ilusión regresó a la afición. De la mano de El Gonini Vázquez Ayala y del fabuloso estilo afro de Leonardo Cuéllar, volvimos a creer. La participación fue un desastre. Alemania nos clavó seis pepinos en la fase de grupos. La goleada traumatizó a toda mi generación. 

En 1982, México ni siquiera clasificó al Mundial celebrado en España. Honduras y El Salvador obtuvieron sus respectivos boletos. Recuerdo esos años con mucho dolor. A la Selección se le conocía como “ratones verdes”. Jugábamos con miedo. Se cometían errores infantiles. Nos achicábamos pronto. El pánico escénico era nuestra marca. 

Para 1986, la fortuna nos sonrió. Colombia no pudo organizar la Copa del Mundo y de rebote el torneo llegó a nuestras manos. Mi hermano Jorge, don Edmundo Guerrero, mi padre, y un servidor pudimos asistir a todos los partidos en el Azteca y en Ciudad Universitaria. Gran futbol y una ilusión desmedida. A la postre, la eliminación se dio en Monterrey. 

Gracias a dos argentinos, Menotti y Lavolpe, el equipo nacional adquirió un estilo diferente. A través de varios Mundiales, la Selección lograba avanzar para finalmente desbarrancarse a la hora buena. En Qatar ni siquiera logramos pasar la fase de grupos.  

En 2026, México se sumó a un Mundial tripartita, con Estados Unidos a la batuta y con una participación marginal de los canadienses. Nos embarcamos nuevamente en el “bote de la ilusión”. Los primeros cuatro juegos fueron de ensueño. Confieso que la famosa frase “¿y si sí?” me comenzaba a hacer sentido. Las redes sociales hicieron su magia. El embrujo fue colectivo. 

La esperanza es un sentimiento peligroso. En la película Sueños de libertad, Morgan Freeman interpreta a Ellis Boyd Red Redding, quien manifiesta algo que hasta la fecha se me quedó grabado: la esperanza es algo peligroso. Aferrarse a la esperanza puede llevar a la desesperación. En un contexto opresivo, eso te puede destruir. 

Durante la película, se constata que la esperanza es esencial para la supervivencia y la redención, tal y como lo demuestra el personaje de Andy Dufresne, interpretado por Tim Robbins. Al final, Andy persevera y logra escapar de la prisión de Shawshank y vivir una vida tranquila en las idílicas playas de Zihuatanejo.

BALANCE

En esta ocasión, a diferencia de todos los descalabros del pasado, los jugadores actuaban de manera diferente. El Vasco Aguirre transmitía seguridad en medio de su desenfado. Los rivales eran fulminados de manera progresiva. La atmósfera era mágica. Los más fríos decían que era imposible. Que estamos condenados. A pesar de los pesares, muchos cometimos la osadía de ilusionarnos. 

La Selección nos ilusionó. Fueron días de confianza y esperanza. El equipo nos devolvió las ganas de volver a creer. Ya sé, perdimos otra vez. Sin embargo, esta vez fue diferente. Jugamos al tú por tú. Nos morimos en la cancha. Ya vendrán tiempos mejores. En tanto, como aficionado, como sobreviviente del pesimismo y los malos presagios, mi reconocimiento al equipo nacional. Bien hecho, muchachos.