Estocolmo

Silvano Espíndola

Silvano Espíndola

Ornitorrinco

Cuando escribo esto, no han pasado ni 24 horas desde que concluyó el encuentro entre la Selección Mexicana de futbol y la de Inglaterra. El domingo, durante el partido, fui escribiendo mis sensaciones y pensamientos conforme se fue desarrollando, convencido de que disfrutaría releerlos una vez que nuestra Selección hubiera avanzado a cuartos de final. Lo lógico sería pensar que me equivoqué y que ahora no quisiera volver a saber nada de aquellas líneas, pero no es así, porque hay reflexiones que surgen en los momentos álgidos, pero que sólo se comprenden a cabalidad en el sosiego. Por ejemplo, dentro de mis anotaciones, entre el epíteto de caballero jaguar, que le asigné, eufórico, a Erik Lira, y varias loas a Raúl Jiménez, por sus ganas y coraje, exactamente a las 19:42 registré lo siguiente: “¿Qué nos hace mexicanos?, ¿el sorteo cósmico que nos lleva a nacer en determinadas coordenadas geográficas?, ¿compartir alguna identidad étnica?, ¿asumir a temprana edad una cosmovisión específica?, ¿alguna otra circunstancia estocástica? Si ninguna de estas preguntas se puede responder con un contundente sí, entonces debe haber un mérito especial en ser mexicano por elección. Julián Quiñones es incontestablemente mexicano”.

Es verdad que algo duele, pero no es haber sido derrotados, sino no haber ganado el último enfrentamiento. Es diferente. Después de alcanzar marcas históricas: vencer en tres partidos de fase de grupos; ganar en eliminación directa por primera vez desde hace 40 años, acumulando cuatro invictos, con porterías en cero; acumular doce puntos consecutivos en un Mundial; aportar al segundo jugador más joven en iniciar un partido mundialista (con permiso de Pelé); ser la nuestra la camiseta de selección más vendida (La Verde); imponer récord de audiencia (el México-Ecuador registró 35.1 millones de espectadores en México y 29.3 millones en Estados Unidos) y de aficionados que asistieron a los festejos en el Ángel de la Independencia (entre 1.3 y 1.4 millones de personas), después de todo esto, tendremos que estacionar la ilusión de coronarnos durante cuatro años más, es cierto, pero también es verdad que hasta el último momento todo dependió de nuestros jugadores. Por más de media hora, nuestra Selección arrinconó a la inglesa en su territorio, los sometió a un asedio continuado y los controló.

Existe una reacción psicológica que, según se ha observado, llegan a presentar quienes padecen un sometimiento o control extremo demasiado intenso. Nils Bejerot, un psiquiatra y criminólogo sueco la bautizó como síndrome de Estocolmo, tras un asalto a un banco de la capital sueca, en 1973, que derivó en el secuestro de rehenes durante seis días, mismos que acabaron estableciendo un vínculo afectivo con sus captores. La explicación más extendida propone que se trata de una estrategia inconsciente de supervivencia que deriva en el desarrollo de sentimientos positivos hacia el adversario, una vez que cesa la acometida. Ayer, tras el encuentro, un afónico Harry Kane declaró: “Sabíamos perfectamente lo que es enfrentar a México en el Estadio Azteca. Tuvimos que luchar y sacar algo de dentro”; Bellingham dijo, en español: “Son increíbles, juegan con mucho corazón. Es un placer jugar aquí contra ellos”, y buscó a Gilberto Mora para intercambiar camisetas. El defensa Dan Burn calificó el ambiente vivido como “surrealista” y dijo que el Azteca era el mejor estadio en el que ha jugado, destacando a la afición mexicana como el factor que volvió el partido excepcional. Síndrome de Estocolmo o simple respeto deportivo, da igual.

MARCADOR

Después de retirar la sanción por tarjeta roja contra el delantero estadunidense Folarin Balogun, tras una petición del presidente de EU al presidente de la FIFA, esta última ya va perdiendo 0-2, con autogoles de Infantino.