Hoy se celebra en Cuba y en los corazones de sus devotos en muchos países del mundo el centenario del nacimiento de Fidel Castro. Los festejos en la isla se han preparado con mucha antelación. Los discursos de las celebraciones lo presentarán como un héroe a la altura de la leyenda. Pero la isla atraviesa una crisis muy dura para sus habitantes: apagones de más de 24 horas, desabasto crítico de medicamentos y alimentos, dificultades para adquirir productos de primera necesidad, dramática caída del turismo, que ha sido una importante fuente de ingresos, y escasez de combustible que paraliza el transporte, impide el bombeo regular de agua potable y dificulta la recogida de la basura que se amontona en las calles.
Los adeptos al régimen de La Habana siempre señalan al embargo del gobierno estadunidense como el culpable de esa crisis, pero Cuba comercia libremente con muchos países, incluido Estados Unidos. La culpa es de un régimen que impuso un modelo económico centralizado, en el cual el control absoluto del Estado sobre la producción y los precios destruyó los incentivos laborales y la productividad. La economía cubana sobrevivió décadas gracias al petróleo y el apoyo económico soviéticos. Al derrumbarse la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas empezó la interminable crisis de ese modelo.
La devoción de una parte importante de la izquierda en el mundo por Fidel Castro no deja de asombrarme. Desde que Castro tomó el poder, en Cuba se persiguió con saña inaudita a los homosexuales no sólo segregándolos en centros de reeducación y trabajos agrícolas forzados, sino también confiscándoles sus propiedades; se fusiló a miles de personas bajo acusaciones estereotipadas, sin pruebas de culpabilidad y sin debido proceso; se suprimió la libertad de prensa; se prohibieron los partidos políticos; no se permite manifestación alguna si se sospecha que habrá quejas o críticas a las autoridades, y se ha condenado a penas de prisión altísimas, en juicios sin garantías de defensa, a disidentes no violentos, participantes en manifestaciones pacíficas de protesta e integrantes de comités de derechos humanos.
En los primeros 10 años de la revolución fueron ejecutados entre 7 mil y 10 mil contrarrevolucionarios, disidentes, sospechosos de serlo e indeseables, y más de 40 mil fueron encarcelados o internados en las 250 unidades militares de ayuda a la producción (UMAP). En esas unidades agrícolas se recluyó principalmente a opositores al régimen, librepensadores, testigos de Jehová, adventistas del Séptimo Día, líderes religiosos, santeros, campesinos que se resistieron a la colectivización, hippies y homosexuales. Los objetivos de las UMAP eran disponer de trabajo esclavo —no remunerado— para el Estado y reeducar a los recluidos para hacerlos buenos revolucionarios —el mito del hombre nuevo—. El gobierno ahorró por esos trabajos gratuitos unos 300 millones de pesos cubanos.
Uno de los jóvenes que estuvieron internados en una UMAP fue el cantautor Pablo Milanés, quien declaró a El País en 2015: “Allí estuvimos entre 1965 y finales de 1967 más de 40,000 personas en campos de concentración aislados en la provincia de Camagüey, con trabajos forzados desde las cinco de la madrugada hasta el anochecer, sin ninguna justificación ni explicaciones, y mucho menos el perdón que estoy esperando que pida el gobierno cubano. Yo tenía 23 años, me fugué de mi campamento… y fui a La Habana a denunciar la injusticia que estaban cometiendo. El resultado fue que me enviaron preso durante dos meses a la fortaleza de La Cabaña y luego estuve en un campo de castigo peor que las UMAP”.
Como aplaudí el retiro de la vía pública de las estatuas de Fidel Castro y el Che Guevara por parte de la alcaldesa Alessandra Rojo de la Vega, algunos amigos me han dicho que ese acto es equivalente al retiro del monumento de Cristóbal Colón del Paseo de la Reforma y al cambio de nombre de la calle que se llamaba Puente de Alvarado. Creo que no es así. Sin los hechos protagonizados por el almirante y los conquistadores de la gran Tenochtitlan, hace más de medio milenio, México no existiría. En cambio, Castro y Guevara no jugaron un papel importante en la historia mexicana, y la tiranía que erigieron es actual, no de hace siglos. Se colocaron sus estatuas en el espacio público por la afinidad ideológica de la 4T con las dictaduras.
