Cínicos y exentos

Donald Trump está, literalmente, entregando el gobierno a multimillonarios como Elon Musk.

Hay una élite en el mundo que juega con reglas distintas. No importa lo que hagan, los poderosos de hoy parecen haber alcanzado un nivel de impunidad estructural que los hace intocables. Mientras las sociedades siguen creyendo en instituciones, justicia y responsabilidad política, los dueños del poder y el dinero han aprendido a moverse en una dimensión paralela: la del privilegio absoluto, donde las reglas sólo aplican para los demás.

El ejemplo más reciente es Donald Trump, quien, tras su regreso a la Casa Blanca, ha llevado su desprecio por la democracia un paso más allá. No sólo evade consecuencias legales por sus múltiples escándalos, sino que ahora está, literalmente, entregando el gobierno a multimillonarios como Elon Musk. Ya no es suficiente ser presidente: hay que asegurarse de que las decisiones más importantes del país sean dictadas por los intereses de Silicon Valley. Musk, dueño de X (antes Twitter), Tesla y SpaceX, ya se ha convertido en el gran consejero en la sombra, con acceso directo a información de inteligencia y a la toma de decisiones en áreas estratégicas. Una plutocracia en estado puro.

Y si de vender ilusiones y estafas hablamos, Javier Milei es otro ejemplo de cómo los poderosos pueden cometer fraude a plena luz del día sin consecuencias. Su campaña estuvo financiada con criptomonedas, vendiéndole al mundo la idea de que una “revolución libertaria” sacudiría Argentina. Pero, ¿qué pasó en cuanto llegó al poder? Su equipo vendió sus posiciones en cripto antes de aplicar las políticas que él mismo impulsaba, dejando pérdidas millonarias a los pequeños inversionistas que creyeron en su discurso. Una criptoestafa con aval presidencial. Y aquí no pasa nada.

En el otro lado del mundo, el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, avanza con su ofensiva en Gaza, ignorando cualquier llamado a la paz. La comunidad internacional denuncia un genocidio, los organismos de derechos humanos encienden las alarmas, pero la respuesta es la misma de siempre: Israel es intocable, y Netanyahu aún más. Puede desafiar resoluciones de la ONU, rechazar acuerdos de alto al fuego, bombardear hospitales y nadie lo detiene. Porque ser poderoso significa que la legalidad es opcional.

Y si hablamos de impunidad sin límites, Vladimir Putin ha convertido Rusia en su feudo personal. Con guerras, asesinatos políticos, represión a opositores y un sistema judicial diseñado para garantizar que nunca deje el poder, Putin sigue consolidándose como el hombre que desafía cualquier intento de accountability global. El envenenamiento a opositores, las desapariciones forzadas y la invasión a Ucrania son sólo capítulos de una historia de inmunidad total. Mientras otros países enfrentan sanciones económicas por crímenes menores, Rusia sigue vendiendo petróleo, comerciando con China y moviéndose en la geopolítica sin que nadie pueda hacer mucho al respecto.

En un mundo donde los poderosos operan con exención de culpa y castigo, la pregunta es: ¿qué queda para el resto de nosotros? Porque mientras a un ciudadano común lo pueden encarcelar por evasión fiscal, fraude o incluso por una protesta, los verdaderos titanes del poder pueden saquear, matar, corromper y traicionar sin pagar las consecuencias.

Lo que está en juego no es sólo la credibilidad de las instituciones, sino la idea misma de justicia. Porque cuando la impunidad es la norma y el poder exime de todo, el resto de la sociedad sólo puede mirar con impotencia, mientras los mismos nombres siguen repartiéndose el mundo como si fuera un casino sin reglas. Y porque nosotros lo permitimos. Hasta que no lo permitamos.

Temas: