La boleta sin su nombre

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

Hoy, Donald Trump no aparece en ninguna boleta y, sin embargo, cada voto que caiga en una urna estadunidense llevará su nombre escrito con tinta invisible. Se elige la Cámara de Representantes completa, un tercio del Senado y 36 gubernaturas, pero lo que se mide es el humor de un país con casi dos años de segundo trumpismo y más de ocho meses de una guerra contra Irán que nadie votó.

Los números de la víspera son amables con los demócratas. El modelo de Decision Desk HQ les da 84% de probabilidad de quedarse con la Cámara y 65% con el Senado, y la aprobación del presidente ronda 39 por ciento. Los republicanos controlan hoy las dos cámaras con márgenes estrechos y las últimas encuestas ponen arriba a los 

demócratas, incluso en Texas. Antes de descorchar nada, habría que recordar 2016 y 2020: las encuestas fallaron y las dos veces subestimaron a Trump.

El escenario más probable es una barrida demócrata. Con las dos cámaras, la oposición no gobierna, pero decide qué se vota y cuánto dinero se aprueba. Sus prioridades ya están anunciadas: revertir los recortes a salud, reclamar para el Congreso la decisión sobre la guerra con Irán y desmontar parte de los aranceles. Trump conserva el veto, y los demócratas no tendrán votos para anularlo. Lo que sí tendrían es la llave del presupuesto y la facultad de investigar. Se hablará mucho de juicio político, aunque destituir a un presidente exige una mayoría que nadie tiene. El segundo escenario, Cámara demócrata con Senado republicano, ronda 21%: un Washington partido en dos, con investigaciones de un lado y nombramientos asegurados del otro. El tercero, que los republicanos retengan todo, anda en 15%, y Trump llegaría a 2028 sin contrapeso.

Para el resto del mundo, la lectura más sensata la publicó ayer Foreign Policy: castigar la guerra con Irán no equivale a pedir el regreso a la política exterior de antes de Trump. Europa, Kiev, Teherán y Pekín leerán el resultado como un dato sobre los límites internos del presidente y poco más. La diplomacia diaria seguirá en la Casa Blanca y los presidentes acotados en casa suelen buscar victorias afuera, donde no necesitan permiso.

Donde esta elección más nos toca es del otro lado de la frontera, entre los paisanos. Cerca de 39 millones de latinos pueden votar hoy, según Pew, 5.2 millones más que en las intermedias de 2022, y son el grupo de electores más joven del país. La mayoría tiene raíces mexicanas. Muchos ayudaron a Trump a regresar en 2024 y ahora las encuestas los muestran alejándose de él, con la economía como primera preocupación y un hartazgo creciente frente a las redadas. Llegan a las urnas con guías que explican qué hacer si aparece ICE cerca de la casilla. El dato basta para medir el clima.

Para ellos, el resultado tiene consecuencias concretas. Un Congreso demócrata podría recortar el dinero de las deportaciones masivas y llamar a cuentas a ICE desde las comisiones, aunque las operaciones dependen del Ejecutivo y el Congreso no puede detenerlas por sí solo. También podría revisar el impuesto a las remesas, que, por cierto, no ha frenado el envío: llegaron a México 30 mil 759 millones de dólares en el primer semestre, 3.1% más que un año antes. Con los republicanos al mando de las dos cámaras, las redadas seguirían sin freno y el impuesto se quedaría donde está. Lo que no aparece en ninguna boleta es una reforma migratoria que regularice a millones de familias que llevan décadas allá.

Aquí entra México, el 1 de julio Washington se negó a prorrogar el T-MEC por 16 años y lo condenó a revisiones anuales hasta 2036. Marcelo Ebrard advirtió la semana pasada que los aranceles ya le dejan ingresos importantes al gobierno estadunidense y que no cabe esperar un giro rápido por una nueva correlación en el Capitolio. Tiene razón, 50% al acero y al aluminio y los gravámenes automotrices los decide el Ejecutivo y Trump lo recordó hace días en Texas, cuando advirtió que las armadoras que fabriquen en México pagarán caro. Sheinbaum repite que la negociación sigue gane quien gane. Y cualquier aventura militar contra los cárteles en territorio mexicano necesitaría, al menos en teoría, el visto bueno del Capitolio.

El escenario que más debería preocupar en Palacio Nacional es justo el más probable. Un Trump derrotado en las urnas, pero intacto en sus facultades comerciales y militares, tendrá dos años para demostrar que sigue mandando, y México es el escaparate más cercano. A Sheinbaum le sirve un Congreso que contenga a la Casa Blanca. Le sirve mucho menos un presidente herido buscando dónde enseñar los dientes. Hoy sabremos cuál de las dos cosas pesa más.