El reto de la Guardia Nacional híbrida
La Guardia Nacional tendrá un mando civil, pero no mucho más que eso. La disciplina, la capacitación, la doctrina, los ascensos y las prestaciones serán militares ¿Qué retos supone este híbrido para atacar el crimen en México? Planteo tres. El gobierno federal deberá estar preparado para ellos si quiere tener éxito
El colectivo #SeguridadSinGuerra no debe estar muy contento. Si bien, luego de los foros, Durazo dijo que AMLO pedirá a los legisladores que modifiquen la reforma a fin de que el mando de la Guardia Nacional sea civil, lo cierto es que muchas de las características militares de la Guardia Nacional continuarán en pie.
Ante esto, el reto del gobierno será enorme. De facto, AMLO está aceptando crear una Guardia Nacional híbrida, cuya única modificación sea saltarse la jerarquía militar, pero que seguirá siendo militar en su carácter básico. Esto quiere decir que, si bien Sedena directamente no controlará el presupuesto, los nombramientos, los ascensos, la organización interna y el régimen disciplinario de la Guardia, la Guardia Nacional sí mantendrá todas esas características (sólo que controlada por un civil).
Veo tres grandes retos. El primero es la complejidad de mezclar una Guardia Nacional de características militares con mandos civiles. No queda claro si la Guardia Nacional será sujeta, o no, de controles de confianza, o si contendrá criterios específicos de defensa de los derechos humanos. Más aún, un liderazgo civil para un organismo militar podrá resultar en falta de entendimiento entre el mando y los comandados. Los modos, formas y comandos de un militar son diferentes a los civiles en muchos aspectos.
Se deben respetar las competencias de los delitos del orden federal y del municipal, lo que requiere que las policías municipales y estatales sigan existiendo y sean fortalecidas. Si, como se ha planteado anteriormente, las policías locales estarán supeditadas a la federal, corremos el riesgo de que la doctrina militarizada de la Guardia Nacional permee también la persecución de delitos del orden común. Esto será un reto de capacitación e implementación.
Un segundo reto es lograr utilizar una guardia de carácter militar sin atentar contra el marco democrático. No debemos olvidar que México es el único país de América Latina (junto con Guatemala) que no tiene una secretaría de defensa civil propiamente entendida. En nuestro país, a diferencia de la gran mayoría de los países de la región, el liderazgo de Sedena y Semar son de origen militar.
Esto tiene un origen histórico ya que, debido a la larga tradición de Latinoamérica con golpes y regímenes autoritarios encabezados por presidentes militares, la gran mayoría de los países optaron por desmilitarizarse. Tanto Sedena como Semar han mantenido su independencia y sido encabezadas, respectivamente, por un general y un almirante. Asuntos clave como el presupuesto, la compra de armamentos y la doctrina no son más que supervisadas, de forma bastante superficial, por la Secretaría de Hacienda.
La Guardia Nacional, tal cual se plantea, con sus características militares, pero con mando civil, moverá a México en una dirección en la que la supremacía civil estará asegurada en papel, pero no necesariamente en el día a día. Un claro ejemplo son las facultades de investigación que se le dan. Si éstas estarán forjadas dentro de una disciplina militar, podremos comenzar a ver importantes violaciones al proceso. Esto no es menor.
La eliminación del transitorio quinto supone que la Guardia Nacional ya no será temporal, sino que llegó para quedarse. Es decir, tal parece que el tiro salió por la culata porque ahora tendremos una fuerza de carácter militar (pero mando civil) permanente. Personalmente, yo hubiera preferido la militarización temporal con criterios claros para salir de ella en el corto plazo.
Finalmente, está el problema de la retórica. Si el gobierno acepta que se requiere de una policía bajo mando civil, que le responda al Presidente y le rinda cuentas al Congreso, se necesita ser consistente con este diagnóstico. No sólo aceptarlo parcialmente. Si se va a escuchar y ceder ante la sociedad civil y los expertos, el peor camino es ceder superficialmente, pues se acepta el diagnóstico que estos dan, pero se rechaza en la práctica sin explicación alguna.
