Artista

Donald Trump es un artista. La palabra “arte” se forma a partir del latín ars, que hace referencia a una habilidad adquirida para hacer algo, en oposición a scientia, que se refiere al conocimiento puro y que no exige una ejecución práctica. Es por esto que se suele ...

Donald Trump es un artista. La palabra “arte” se forma a partir del latín ars, que hace referencia a una habilidad adquirida para hacer algo, en oposición a scientia, que se refiere al conocimiento puro y que no exige una ejecución práctica. Es por esto que se suele decir que artista es quien sabe el “cómo”, pero el científico, el “por qué”. Ser un artista, entonces, significa tener el talento de manipular las cosas naturales para transformarlas en artificiales, como hace un pintor o un escultor, por ejemplo, pero también hace referencia a quienes actúan interpretando un papel ante el público durante un espectáculo. Trump es ambas cosas. El lamentable atentado en su contra durante un mitin de campaña en Pensilvania recuerda la sentencia atribuida a Oscar Wilde: “La realidad supera la fantasía”, porque tiene elementos que hacen que parezca sacado de una novela… Una exagerada novela fantástica con protagonistas que podrían haber sido inventados ad hoc. El tirador: un joven de 20 años que trabajaba en un asilo de ancianos, pero que, según lo que sabemos hasta ahora, llevaba una doble vida, pues tanto alimentaba a personas mayores como elaboraba explosivos caseros; al mismo tiempo que estaba registrado como votante republicano, apoyaba económicamente el proyecto político contrario; y había recibido reconocimientos por su desempeño en matemáticas y ciencias, pero había sido rechazado del equipo de tiro por tener mala puntería. El objetivo: un candidato millonario y polémico expresidente, con dos intentos de destitución (2019 y 2021), que se hizo famoso a través de un reality show, acusado de 91 delitos y hallado culpable de 34 cargos, cuyo adversario político, y actual presidente, para tratar de remontar en las preferencias, había publicado cinco días antes que era el momento de ponerlo en la mira. La víctima inocente: un simpatizante de 50 años y padre de dos niñas, que había sido jefe del Departamento de Bomberos Voluntarios del Municipio de Buffalo y que muere protegiendo con su propio cuerpo la vida de su familia. Las imágenes: en el preciso momento en que Trump habla encendidamente desde el podio sobre cómo contuvo la migración durante su mandato, en comparación con su competidor; lejos, un policía verifica los testimonios de varios asistentes que aseguran haber visto a un hombre armado arriba del techo de una planta manufacturera; tras sorprenderlo, el joven lo amaga apuntándole y, después de hacerlo retroceder, rápidamente efectúa el ataque al candidato. El disparo falla por milímetros, gracias a que Trump, fortuitamente, gira su cabeza 300 milisegundos antes del impacto. El Servicio Secreto reacciona, un francotirador abate al atacante mientras una escolta protege al candidato y trata de evacuarlo, pero él aprovecha y ordena: “Esperen, esperen, esperen”. Los elementos de seguridad, sorprendentemente, obedecen y entonces él cierra el puño e, inexplicablemente, arenga a los asistentes a la voz de: “Peleen, peleen, peleen”, quienes, incomprensiblemente, responden coreando: “USA!, USA!, USA!”, transformando el momento en uno nacionalista, mientras el fotógrafo Evan Vucci capta en ángulo una imagen que, nada más y nada menos, evoca la mítica “Alzando la bandera en Iwo Jima”, de la Segunda Guerra Mundial. Lógicamente, se desatan las teorías de la conspiración sobre un Estado profundo, se culpa a los medios, a los adversarios políticos y se inflaman las pasiones. Al día siguiente, el artístico remate: el candidato sobreviviente publica que fue Dios mismo quien previno su muerte, sin detenerse a pensar lo que eso implica para Corey Comperatore, el bombero que recibió la bala y que fue, a la postre, el más valiente de todos.

FRANK CUESTA

El actor y herpetólogo protagonista del programa Wild Frank, esperó más de 40 años para cumplir el sueño de su vida: tener en sus manos un ornitorrinco.

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