¿Qué pasará mañana?

El pasado martes, a pesar de que la alegría nos embargó a todos los mexicanos por el triunfo de la Selección Mexicana, fue un día que comenzó y terminó mal para la autoridad de la Ciudad de México. Al medio día, sobre la calzada Tlalpan, casi frente a la estación del Metro Ermita, fue reprimida, con exceso de fuerza, la manifestación pacífica de las familias buscadoras. Después de difundirse los hechos en redes sociales, la autoridad capitalina ofreció disculpas y se comprometió a investigar. Posteriormente, entrada la noche, se conoció el saldo rojo de los festejos: la muerte de cuatro personas (tres por asfixia y una cuarta por paro cardiorrespiratorio) en los alrededores del monumento del Ángel de la Independencia, en donde se dieron cita un millón de personas. 

No es el primer Mundial de futbol que los festejos se convierten en tragedia. Ya había sucedido en Argentina en 2022, en Francia en 2018 y en 1998. En todos los casos, se generó debate público ¿quién es responsable, la autoridad o los aficionados? La polarización de la opinión pública llegó al extremo de absolver o de culpar de todo, a unos u a otros. Sin embargo, las multitudes que se han concentrado después de cada partido en ese emblemático lugar han sido previsibles, porque se han multiplicado dos, tres y hasta cuatro veces en cada uno de los sucesivos festejos. Sin embargo, fueron eventos de alto riesgo que no se dimensionaron adecuadamente por el gobierno de la Ciudad de México. 

Ciertamente, a pesar de que existen amplios estudios de psicólogos y sociólogos (como Émile Durkheim, Sigmund Freud y Elías Canetti) sobre el comportamiento “en masa” de multitudes como las que se conforman por los aficionados, prevenir la tragedia no resulta sencillo. Escribió Canetti que “la masa” tiene cuatro propiedades: en primer lugar, siempre quiere crecer y ahí en donde se le quiere limitar artificialmente puede haber estallidos. Frente a esta tesis, surge el temor y la duda ¿Las vallas seccionadas, las millas primera, segunda y tercera, y los cercos policiacos, serán suficientes para evitar el crecimiento de la concentración masiva el próximo domingo que juega la Selección Mexicana contra la de Inglaterra?

En segundo lugar, señala el autor que en el interior de la masa reina una igualdad absoluta e indiscutible que jamás es puesta en duda por la masa misma. En ese contexto, vale preguntarse cuál será la reacción espontanea de los aficionados si la selección gana, pero, también, si pierde. ¿La autoridad tendrá previsto algo al respecto? Si la respuesta fuera sí, por qué no se ha colectivizado, tal y como lo hicieron con el plan de seguridad alrededor del Estadio Azteca, por ejemplo.

Finalmente, Canetti dice que la masa ama la densidad, y que necesita una dirección. Ésta es la tesis que más hace dudar si tendrá éxito un plan de prevención, porque ya se vio el poder que siente la afición reunida y densa: nada se le interpone, brinca, grita, goza, está alegre, y qué bueno, pero la dirección ha sido una: haber logrado el triunfo y ¿si eso no sucede?, ¿cuál será la dirección?

No obstante las dudas, la autoridad tiene que abandonar la idea de que la celebración será una simple fiesta callejera. Será una concentración impredecible en su actuar, de más alto riesgo que las anteriores. Si bien, las cuatro muertes del martes son una triste advertencia de moderación para quienes asisten, la lección es para el gobierno que encabeza Clara Brugada, quien, seguramente, ya sabe que “gobernar bien” no debe ser una utopía, sino una realidad y un gran desafío. ¿Echará el resto? Ojalá que sí, porque lo que suceda mañana no será visto como lo que sucedió el martes. Incluso, los costos políticos de las acciones negligentes antes y durante el Mundial aún no están a la vista. La alegría del éxito de la selección ha servido como una cortina de humo, pero de una u otra forma, a partir de mañana, que será el último partido de futbol en México, se comenzará a disipar.