Lo que se comenta en los medios de comunicación internacionales acerca de Turquía se refiere casi siempre a las muchas cuestiones geopolíticas y económicas relacionadas con ese país, donde el carácter autocrático y las veleidades de su presidente, Recep Tayyip Erdogan, dan mucho de qué hablar. Ya sea por su incidencia en el conflicto Rusia-Ucrania, por el papel que juega en los conflictos de Oriente Medio, o por su problemática pertenencia a la OTAN, el país no deja de figurar entre los actores regionales más importantes para la recomposición de alianzas que en estos tiempos está generando tantas turbulencias.
En contraste, los acontecimientos y desarrollos locales relacionados con su entorno social pasan desapercibidos para la opinión pública internacional, y un ejemplo claro de ello ha sido el silencio y la indiferencia que prevalecen acerca de cómo en los últimos diez años las mujeres turcas han sido devueltas a las condiciones de opresión y marginación que prevalecían hace más de un siglo, antes de la fundación de la República Turca bajo el liderazgo de Kemal Ataturk.
Es un hecho que a partir del ascenso de Erdogan al poder, primero en 2003 como primer ministro y desde 2014 como presidente, se inició un proceso de paulatina islamización de la vida pública, en detrimento de los patrones más seculares y liberales que se habían afianzado en el siglo XX. El mayor ataque a éstos se dio a partir del golpe de Estado fallido de julio de 2016, que constituyó un punto de inflexión al desatar una brutal ola represiva gubernamental contra la disidencia política, las mujeres, los intelectuales, los medios de comunicación críticos y las minorías étnico-religiosas, que de por sí habían sido discriminadas desde tiempo atrás.
Los decretos de emergencia emitidos en ese contexto arremetieron contra instituciones y organizaciones de la sociedad civil. Refugios para mujeres fueron clausurados, lo mismo que agrupaciones para la defensa de sus derechos. De ahí en adelante el discurso oficialista se abocó a calificar como ejecutoras de atentados contra el orden social a las mujeres que se atrevieran a cuestionar la obligación de asumir los roles tradicionales que el islam conservador les asigna: ser fundamentalmente esposas y madres, sin expectativas de cumplir funciones en el espacio público, ser económicamente productivas, vivir libres de la tutela masculina y ser capaces de tomar sus propias decisiones de vida. El feminismo fue caracterizado por el régimen como una ideología occidental y antifamilia.
La misoginia acendrada y el patriarcalismo afinaron su filón represivo con lo que muchas mujeres pasaron a sufrir cárcel, exilio y maltratos físicos y emocionales. En uno de sus discursos públicos el presidente Erdogan afirmó desparpajadamente que “No es posible poner a hombres y mujeres en términos de igualdad, es contra la naturaleza”. Los derechos humanos de las mujeres fueron cuestionados como parte de una herencia foránea ajena a la idiosincrasia nacional, para ser sustituidos con una terminología alusiva a “la protección familiar, la moralidad y el orden social”.
Las estadísticas oficiales que revelan la intensidad de estos procesos son alarmantes: más de 633 mil mujeres fueron investigadas, 150 mil encarceladas y aproximadamente 40,500 fueron despedidas del sector público por efecto de decretos de emergencia que incluyeron además, una vergonzosa tolerancia a los violentadores y abusadores de las mujeres.
Los avances democratizadores que parecían haberse consolidado durante el siglo XX en Turquía, alimentaron la posibilidad de que el país pudiera aspirar a convertirse en miembro de la Unión Europea. Sin embargo, el vuelco registrado a partir del erdoganismo, reimpuso los criterios religiosos conservadores en el manejo de un abanico de temas sociales, y por tanto canceló ese proyecto de incorporación de esa nación al concierto europeo. No cabe duda que muchos de los procesos de aguda polarización ideológica y política que estamos presenciando hoy en tantas partes del mundo pueden fácilmente desembocar —como en Turquía— en retrocesos graves para muchas de las libertades y derechos que creíamos irreversibles.
