Cuauhtémoc Cárdenas, vida plena

Descanse en paz, nuestro querido ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solorzano, sin lugar a duda sus decisiones en los momentos más difíciles de la vida pública de México, lo distinguieron como un hombre de Estado cuyo legado fue hacer posible la transición democrática por la vía pacífica de la política y no de la confrontación violenta ni la imposición autoritaria.

Constructor de instituciones, en alianza con otras entrañables personas, como el   ingeniero Heberto Castillo, lograron unir a la heterogénea y difícil izquierda mexicana en 1989, en el Partido de la Revolución Democrática. Mismo partido con el que él ganó la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal en 1997 y, otros políticos, hombres y mujeres, tuvimos la oportunidad de incursionar en diversos espacios de poder político.

Mis recuerdos a su lado iniciaron en la campaña presidencial de 1988. Cuando Raúl Álvarez Garín y Marco Rascón nos convencieron, a un grupo de jóvenes estudiantes de la UNAM que participábamos en el CEU y en el Movimiento Urbano Popular (y que asistíamos a las reuniones de la Organización Punto Crítico), a que nos sumáramos a su candidatura. Renuentes al principio, nos convertimos, en un corto tiempo, en los principales activistas del Frente Democrático Nacional (el Frente que unió a cientos de organizaciones en aquel 1988) en las colonias populares en donde vivíamos. 

Decepcionados por el fraude electoral, asistimos a aquel mitin de agosto de 1988, en el Zócalo de la Ciudad de México, ansiosos por escuchar qué es lo que seguía en la lucha política. Jóvenes radicales como éramos, pensamos que era el inicio de una revolución. Afortunadamente no fue así. La voz atemperada de Cárdenas nos convocó a seguir en la lucha, pero por medios pacíficos. Así se hizo.

Como político, el inge, como todos le decían en el PRD, siempre puso el interés de los ciudadanos por encima de cualquier aspiración de poder; por eso los mexicanos arribamos a la alternancia presidencial, en el 2000, por medio de elecciones libres, con árbitros electorales que garantizaron la legitimidad de los representantes populares y consolidaron la confianza ciudadana en la democracia.

Hace apenas un par de años aceptó presentar su libro Por una democracia progresista: debatir el presente para un mejor futuro, en la Facultad de Derecho de la UNAM, en donde tuvo un cálido recibimiento por alumnos y maestros; junto a él estuvo el exdirector, Raúl Contreras, y el actual rector, Leonardo Lomelí Venegas. 

Del ingeniero Cárdenas y de mis 20 años de militancia en el PRD, me queda la convicción de que la única vía para lograr sociedades más justas e igualitarias es la democrática. Por esa razón considero que tenemos que ser implacables si de defender sus principios se trata: libertad de expresión, libertad de asociación, libertad de participación y, sobre todo, plena libertad ciudadana para decidir en las urnas, quién gobierna.

Es paradójico que el ingeniero Cuauhtémoc muriera ahora, justo cuando uno de esos pilares que se construyeron después de 1988, el Instituto Nacional Electoral (antes IFE), está siendo demolido desde adentro por la corrupción política y por una mayoría legislativa que actúa de forma autoritaria, porque cambió la ley para borrar los contrapesos que había en el Consejo y concentrar funciones en la presidencia de esa institución. Como dijo Lord Acton “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”, y eso sucedió.

Lamentablemente, la propia presidenta de la República, Claudia Sheinbaum, ha declarado que se debe investigar a la institución no por los actos corruptos develados hace unos días, sino desde hace 20 años, queriendo, con ello, enlodar de forma histórica a la institución, o causar más ruido para que los ciudadanos se confundan. Lo cierto es que, sin un INE autónomo e independiente, la legitimidad del poder político se pone en duda, y con ello, la legitimidad de la democracia, aquella por la que perdieron la vida más de 600 perredistas, aquella por la que Cuauhtémoc Cárdenas luchó y será recordado.