Los gobiernos de México y Cuba coinciden en muchas cosas. La identidad ideológica es lo primordial. El comunismo de Cuba, dicho abiertamente, y el socialismo de Morena-México, dicho de soslayo y en murmullos, luchan contra el imperialismo y, más específicamente, en contra de Estados Unidos. Son aliados de los adversarios de EU, China y Rusia, aunque Cuba lo es abiertamente y México también lo es, pero de forma vergonzante y sin explicitar su postura públicamente.
Ambos países se han colocado de forma desafiante frente a la administración de Trump. En este punto, ambos países lo hacen de forma abierta, en los discursos públicos de sus presidentes. Y ambas naciones incurren en guerras políticas, diplomáticas y eventualmente con disparos de por medio con EU. Cada nación tiene su especificidad, pero, en términos generales, sus estrategias ante EU parecen estar coordinadas. Tanto Cuba como México parecen vislumbrar dos grandes metas que tienen que enfrentar y superar para lograr sus objetivos. Ambos gobiernos ven en las elecciones intermedias de noviembre la primera meta para impulsar y lograr nuevas definiciones estratégicas relevantes para el futuro. La última meta son las elecciones presidenciales de 2028, cuando Trump será sustituido. Ante las dos fechas, los liderazgos de ambos países depositan esperanzas exageradas en las “soluciones por venir”.
En el caso de Cuba, la situación económica es de total colapso. El régimen cubano nunca invirtió en el mejoramiento de la red eléctrica del país. Cuando Cuba fue subvencionada por la URSS de 1961 hasta 1991 los dirigentes pensaron que era para siempre y no invirtieron en la red eléctrica, sino en guerras en África. Al colapso de la URSS, ya no había dinero. Luego, con Venezuela empezó a fluir el petróleo y pensaron que era para siempre, hasta que se acabó. Hoy están con los bolsillos vacíos y la red eléctrica inútil. Su vulnerabilidad e inviabilidad como nación es total. En el mejor de los casos, podrán aguantar unos meses. En el caso mexicano, la presión viene por el lado de la seguridad y la presencia de los cárteles dentro y fuera de las estructuras de decisión del gobierno. EU considera que el gobierno mexicano es cómplice del crimen organizado. El reciente congelamiento del T-MEC es resultado directo de que defienda y oculte a los políticos relacionados con el narcotráfico.
Cuba ve las elecciones intermedias como una fecha decisiva para que Trump sufra un revés electoral fuerte y, por consecuencia, debilite su presión sobre Cuba. Piensa que ese debilitamiento le permitirá resistir hasta 2028, cuando presumen que podrán regresar a la Casa Blanca los demócratas. Washington, por su lado, considera que la fecha fatal para Cuba es el 26 de julio de este año, para que acepte la negociación que cambie su modelo económico y político. Si no acepta, la opción militar no está descartada. Mucho antes de noviembre.
México ve lo mismo que Cuba: las intermedias debilitarán a Trump y en 2028 quien llegue a la Casa Blanca tendrá que renegociar el T-MEC en nuevos, y más positivos, términos. Y cree que no insistirá en el tema de los narcopolíticos, como lo ha hecho Trump. Suponen que la concepción de seguridad nacional cambiará. Por tanto, la estrategia de Palacio Nacional es resistir hasta entonces.
Pero Washington también tiene su calendario para México. Si Sheinbaum no coopera con la entrega de los narcopolíticos de su partido, cuyos nombres ella ya conoce, de agosto a octubre de este año habrá una presión judicial que dará a conocer todos los nombres y las acusaciones en su contra en juzgados de EU. Entre esos nombres se incluye un expresidente. Entonces, las condiciones para las elecciones intermedias mexicanas de 2027 cambiarán drásticamente en contra del oficialismo, abriendo un boquete en el sistema político y creando una crisis política terminal.
La resistencia mexicana y cubana a los próximos embates de Washington suena romántica, pero será ineficaz. Es más, es el camino más corto a la derrota.
