En febrero pasado el señor Andrés Manuel López Obrador hizo añoranzas del ministro Zaldívar en retiro, “cuando él estaba, podíamos hacer respetuosas recomendaciones…”. Casi se lamentó. Es comprensible, Arturo Zaldívar actuó como presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación al servicio de un poder que requería de sus servicios para anular amparos, restringir sentencias, llevar agua a los molinos de Morena y del Presidente.
En suma, traicionar los mandatos constitucionales y la propia autonomía de la Corte mayor del país. ¿Qué lo llevó a ese comportamiento? No tenía necesidad económica con un salario cercano a los 250 mil pesos mensuales, premios, compensaciones, secretarias, automóviles y aguinaldos semejantes a las prebendas de Las mil y una noches.
¿Qué lleva a un hombre adinerado, rodeado de lujos, favores, regalos, autos de marca y relaciones sin límites a traicionarse a sí mismo?
Esto es un asunto que trasciende a politólogos y sociólogos para ubicarse como un caso para psiquiatras y analistas de las perturbaciones mentales. Arturo Zaldívar merece un reconocimiento como un ser perturbado, extraviado por la seda de todos los días que lo lleva a ser cómplice de que a la Corte llegue la señora Batres y ponga en el límite la funcionalidad del máximo tribunal.
Zaldívar dejó la toga y las leyes para incursionar en la lista de la indignidad y desde ahí incrustarse entre los propagandistas de Claudia Sheinbaum. ¿Y cómo es que ella lo recibió y lo catapultó como ave sin alas?
“Halcón que atrapa y suelta no es halcón”, dicen en Sonora. Quizás para ella misma es una sorpresa, aunque cómo pudo haber tenido confianza en un pájaro que donde estuvo cerca de toda su vida dice “el Poder Judicial y la Corte están podridos”. ¿Lo están hoy, no antes?
Zaldívar, por boca presidencial, colaboró en las sentencias y arreglos que convenían a su patrón, dejó de ser un juez imparcial, y sobre todo, impoluto, digno. Se encargó de sumar negativos a una tarea independiente y con ello ampliar una obra destructiva que lesiona gravemente los derechos básicos y las garantías individuales. Con ello se sumó a los más humillantes recursos que un individuo puede hacer contra el país que lo vio nacer.
Lo estamos viendo —en gerundio—, argumentar contra su propia cuna de abogado y de su alma mater laboral como nunca antes se había visto. Desde un atril con el anuncio de Morena, declara en rueda de prensa, que como juez y presidente de la Corte, nunca emitió asuntos favorables a Morena. No es broma, las fotos y los videos están al alcance de cualquiera. Lo sorprendente en un país ajeno a toda sorpresa, es que tanto el Presidente de la República como la candidata oficial, lo defienden. ¿De qué?
La investigación en curso ya cuenta con nombres de jueces, datos, fechas, casos concretos en donde intervino su mano y sus presiones fueron desplegadas a favor de Morena.
Abogado de su causa, bien pudiera guardar silencio y renunciar a la cargada talega de su pensión emanada de un Poder Judicial y una corte podridos. Es lo menos que el decoro perdido y sus protectores pudieran esperar de él.
