No deja de llamarme la atención, en tanto que muchos nos sentimos con un sentimiento de frustración y de impotencia, que Xóchitl Gálvez impugne la elección y exija castigo a las numerosas intervenciones de Andrés Manuel López Obrador. Pide se investigue y sancione las numerosas injerencias del Presidente, así como la violencia y las intervenciones criminales en los comicios. ¿La treintena de candidatos asesinados no cuentan en el collar de los excesos cometidos?
Sola, como ha sido lo ocurrido desde que se inició como candidata, en un comunicado presentó un juicio para la protección de los derechos político-electorales de los ciudadanos.
En ese texto, muestra cómo las pasadas elecciones no se caracterizaron por ser limpias y de piso parejo, ya que se utilizaron las herramientas del aparato de Estado; hubo una contienda inequitativa y “estoy impugnando y pidiendo que el Tribunal Electoral sanciones al Presidente”.
¿De dónde obtiene fuerza esta mujer excepcional? Y repito excepcional, porque fue una candidata que estuvo en cualquier foro que la solicitaron. Nunca esperó preguntas a modo ni rechazó estar delante de multitudes que a otros les parecían rijosos. Excepcional, porque se enfrentó a una poderosa maquinaria aceitada por recursos sin límites que no dejaron de cercarla a todas horas. Excepcional por su capacidad de respuesta cargada de ironía y con propuestas sensatas y necesarias. En ningún momento se le vio desfallecer y su sentido del humor nos habló de una mujer dispuesta a enfrentar lo peor con una sonrisa. Fue excepcional que aceptara participar sabedora de tener enfrente a un poder descomunal a sus precarias defensas.
Nuestro sistema electoral le impuso que fuera nominada por algún partido político. ¿Cuál? El que se pudiera. No tuvo tiempo para armar uno que respondiera al entusiasmo popular y, obligadamente se conformó con una triada impresentable: PAN, PRI y PRD. Ése fue su talón de Aquiles que gangrenó un propósito noble, desinteresado, altruista y sereno.
Su hoja de vida, repitámosla, nos habla de un origen humilde, indígena, al igual que Benito Juárez. Ella responde a su inquietud de crecer y se transforma en ingeniera con visión constructiva e inmersa en la suerte de su comunidad; empresaria exitosa y emblemática como senadora. ¿Acaso se dan mujeres como ella en racimo?
Es una mujer que derrocha talento con gran capacidad de improvisación y desparpajo ante hechos que parecían cruciales. A muchísimos, incluso sus poderosos adversarios, nos tomó por sorpresa, agradable sorpresa, al constatar que con su vida podía abrir las herméticas puertas de Palacio Nacional. La jauría no se lo permitió. Con limpieza, pundonor, arrojo y alegría le dio vida a una frase de Scott Fitzgerald: “La verdadera prueba de una inteligencia superior, es mantener en la cabeza dos ideas opuestas y seguir funcionando. Admitir, por ejemplo, que las cosas no tienen remedio y, sin embargo, seguir tratando de cambiarlas”.
Ella sabía bien a lo que se enfrentaba. No obstante, se sintió catapultada por los centenares de miles que se reunían en estadios, plazas y donde quiera que se parara. ¿Pero cómo sortear los muros y avances de la ignominia rodeándola por doquier? A esto debió cargar con las deslealtades y triquiñuelas de las dirigencias de partidos que decían apoyarla y sólo buscaron su propio beneficio ya demostrado.
Ahora comenzará a recorrer nuevamente el país. Sabe que ya cuenta con 16 millones 502 mil, 697 votos y destinará tres días a la semana en los pueblos, rancherías y ciudades del país. Se propone tener su propio partido para 2030. Quienes vivan esa fecha, apóyenla; ya demostró su valía y compromiso.
