Schopenhauer, Chávez y Pemex
Entre los numerosos escritos de Arthur Schopenhauer, hay uno en el que se mezclan de una manera ingeniosa la lógica y la ironía, El Arte de Tener Razón o la dialéctica erística, expuesta en 38 estratagemas; la dialéctica erística es el arte de discutir, pero discutir ...

Rafael Álvarez Cordero
Viejo, mi querido viejo
Entre los numerosos escritos de Arthur Schopenhauer, hay uno en el que se mezclan de una manera ingeniosa la lógica y la ironía, El Arte de Tener Razón o la dialéctica erística, expuesta en 38 estratagemas; la dialéctica erística es el arte de discutir, pero discutir de tal manera que se tenga razón, o apariencia de razón, aunque todo sea falso.
A lo largo de este libro, Schopenhauer señala que la erística nace de “la maldad natural del género humano, porque si no fuese así, si fuésemos honestos por naturaleza, intentaríamos simplemente que la verdad saliera a la luz en todo debate, sin preocuparnos en absoluto de si ésta se adapta a la opinión que mantuvimos o a la del otro”; detrás de esto —añade— está también la vanidad, y “junto a la vanidad natural también se hermanan, en la mayor parte de los seres humanos, la charlatanería y la innata improbidad; hablan antes de haber pensado y aun cuando en su fuero interno se dan cuenta que su afirmación es falsa y que no tienen razón, debe parecer, sin embargo, como si fuese lo contrario”.
¿Qué le parece, estimado lector?, le viene a la cabeza alguno o algunos personajes que obren así?
Queramos que no, todo lo relativo a la querida Venezuela es noticia y lo será por un tiempo, porque es innegable que la presencia de un individuo que pareció surgido de un cuento que nunca escribieron Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa o Miguel Ángel Asturias, cambió notablemente la geografía política de América Latina, y no fue por su liderazgo democrático sino precisamente por su dialéctica erística.
Después de su azarosa carrera —prisión incluida— y su llegada a la Presidencia, usó de sus dotes histriónicas —ridículas y caricaturescas a veces— para engañar y subyugar a un pueblo hambriento y enfrentar su movimiento contra “el imperio”, “el diablo”; así gritó en la ONU, “aquí huele a azufre”, le dijo a Bush “burro”, y empuñando la Constitución venezolana en un librito como del padre Ripalda, hizo y deshizo leyes, expropió empresas, mientras se cuidaba de seguir vendiendo petróleo a Estados Unidos.
Y después de su muerte sin fin (¿cuándo murió realmente?), su lacayo, Nicolás Maduro, típico cacique de banqueta, camionero, líder, guarura y ministro de Relaciones Exteriores, se apoderó de la Presidencia mientras enterraba a Chávez. Sus frases no tienen pierde: “Los enemigos históricos envenenaron al presidente”, “Chávez está en los cielos y nosotros somos sus apóstoles”, “Chávez influyó en el cielo para que Francisco fuera el nuevo Papa”, “los políticos de oposición, son mariconzones”; claramente, Schopenhauer tenía razón y una ola de dialéctica erística (que en español significa declaraciones tendenciosas y estúpidas) invade a Venezuela.
Y en México la situación no es muy diferente, las declaraciones erísticas del Partido del Trabajo llamando a gritos a defender el país de una privatización que nadie ha propuesto, los equívocos y diatribas tanto del PRD como del torpe representante de Morena, Martí Batres: “Se acabará Pemex”, “subirán las gasolinas”, “defendamos nuestro petróleo”, “alerta”, etcétera, simplemente confirman que las llamadas izquierdas —ahora parecen ser tres— no van a ningún lado, no tienen proyecto, no tienen programa, ni siquiera saben cuáles son sus cuates y cuáles sus enemigos. Schopenhauer lo dijo claramente: hay 38 formas de tener razón sin tenerla, todo es gritar estridencias y creer que son verdades.
*Médico y escritor