Los humanos no son bases de datos

Paul Lara

Paul Lara

Cyberpunks

La narrativa oficial de las grandes corporaciones tecnológicas nos ha vendido una idea reconfortante, casi evangélica: la inteligencia artificial se va a democratizar, va a permitir que haya un beneficio para todos, habrá opción si quieres trabajar o no, e inclusive surge nuevamente el tema de una renta básica universal, cortesía de los avances tecnológicos. En diversos foros internacionales o programas donde los periodistas ni siquiera entienden lo que les dicen cuando se habla del acceso masivo a modelos de lenguaje o herramientas de generación de imágenes y creen que es el equivalente moderno a la invención de la imprenta, surgen las mismas mentiras. 

Nos dicen que están empoderando al ciudadano de a pie al poner en la palma de su mano el conocimiento acumulado de la humanidad. Es una falacia peligrosa. Confundir el acceso con la democracia es el primer gran error de nuestra era digital. El acceso, en el contexto del capitalismo de plataformas, no es más que consumo. Que alguien pueda usar un chat automatizado para redactar un correo o generar una ilustración no significa que tenga control sobre la tecnología, significa simplemente que es un usuario en el eslabón final de una cadena de suministro global sumamente opaca. 

Hace unos días leí un análisis del AI Now Institute, que recoge las reflexiones de la especialista y exministra digital de Taiwán, Audrey Tang, que señala sobriamente lo que realmente está ocurriendo detrás de la cortina de humo del optimismo tecnológico. La prisa global por adoptar la inteligencia artificial de manera generalizada, sin entender ni cuestionar sus costos estructurales, no está descentralizando el poder. Al contrario, lo está concentrando en menos manos que nunca antes en la historia de la humanidad, mientras debilita a paso firme los cimientos de la gobernanza global y las instituciones democráticas.

El argumento central de esta postura es devastador por su realismo: la democracia, tal y como la conocemos hoy, no es para todos. Los ciudadanos participan de manera formal apenas cada tres o seis años a través de un voto. Esa delgada y esporádica corriente de participación ciudadana es hoy el blanco perfecto para sistemas automatizados de inteligencia artificial que tienen un alcance muy superior. 

Estos sistemas son capaces de inundar el ecosistema informativo con desinformación masiva, clones digitales y fraudes hiperpersonalizados a una velocidad que las instituciones humanas no pueden procesar. No estamos ante un debate de ciencia ficción sobre si las máquinas tomarán conciencia en el futuro, el daño ocurre en el presente, fracturando la confianza necesaria para que una sociedad coexista. 

El error de origen de los gobiernos y reguladores radica en tratar a la inteligencia artificial como si fuera electricidad o agua potable: un servicio público puro, neutral e inocuo. No lo es. Cada modelo de lenguaje, cada algoritmo, arrastra consigo contaminantes políticos, sesgos culturales y prioridades comerciales de las empresas que los programaron y de los países donde se concentran los servidores. 

Distribuir capacidad de cómputo de manera equitativa entre las naciones suena bien en los discursos de las Naciones Unidas o el Foro de Davos, pero si no se redistribuyen también el control de los modelos fundacionales y la capacidad real de gobernarlos, lo único que se está haciendo es financiar un nuevo colonialismo digital. Las economías más fuertes imponen sus visiones del mundo a través del software, cometiendo lo que Tang define con precisión como una injusticia epistémica: la periferia del mundo consumiendo la realidad predigerida por el centro del poder tecnológico.

La solución a esta asimetría no va a llegar desde los ministerios tradicionales de telecomunicaciones ni mediante comités burocráticos que intentan redactar leyes para un entorno que cambia y del que poco se entiende. En lugar de forzar a los ciudadanos a vivir dentro del bucle de la IA, gobernados por algoritmos opacos, cuyas decisiones nadie puede auditar, hay que meterla dentro del tejido social.

Esto implica transitar con urgencia de las viejas alianzas público-privadas, que suelen terminar en la captura corporativa del Estado, a un esquema de gobernanza donde la sociedad civil sea el eje central de las decisiones. Necesitamos herramientas tecnológicas diseñadas específicamente no para reemplazar el criterio humano, sino para crear consenso rápido, detectar identidades sintéticas y frenar el fraude digital en tiempo real.

La tecnología debe dejar de ser vista exclusivamente como un instrumento de optimización corporativa o de vigilancia estatal, para convertirse en una infraestructura de coordinación humana. Si no elevamos de forma urgente el ancho de banda de nuestras instituciones democráticas para defendernos de la asimetría digital, la llamada “democratización” de la IA terminará por sepultar a la democracia misma, dejándonos en manos de un puñado de tecnócratas que confundan los ciudadanos con bases de datos.