¿“Zona de Paz”?

Pascal Beltrán del Río

Pascal Beltrán del Río

Bitácora del director

El domingo, seis países —México, Colombia, Brasil, España, Chile y Uruguay— difundieron una declaración conjunta sobre los hechos en Venezuela en la que sostuvieron: “Reafirmamos el carácter de América Latina como zona de paz”. 

La frase no es nueva. Proviene, casi palabra por palabra, de la declaración adoptada en la II Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), celebrada en La Habana en 2014. Repetida casi 12 años después, suena solemne, tranquilizadora y hasta esperanzadora. El problema es que, a la luz de los hechos, resulta profundamente cuestionable.

Es cierto que América Latina y el Caribe han sido, en términos comparativos, una región con pocos conflictos interestatales en los últimos 60 años. No hemos visto guerras abiertas entre países vecinos como las que han marcado a Europa del Este, Oriente Medio o el Cáucaso. Ésa es una de las bases sobre la que se construyó la noción de “Zona de Paz”. Pero la paz no se mide únicamente por la ausencia de guerras entre Estados. Cuando uno cruza las fronteras nacionales y mira lo que ocurre dentro de los países latinoamericanos y caribeños, la narrativa se desmorona. Ahí, la paz es más una ilusión que una experiencia cotidiana.

Desde que se firmó la Declaración de La Habana en 2014 han pasado casi 12 años. En ese lapso, cerca de 1.7 millones de habitantes de la región han sido asesinados. Es una cifra aproximada, basada en datos oficiales compilados por organismos internacionales, pero suficientemente robusta para dimensionar la tragedia. No se trata de muertes en campos de batalla ni de enfrentamientos entre ejércitos nacionales, sino de homicidios vinculados al crimen organizado, a economías ilegales, a Estados débiles y a sociedades atravesadas por la violencia cotidiana.

El dato resulta todavía más incómodo cuando se observa el contexto comparado. De los 25 países con la mayor tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes en el mundo, alrededor de 20 pertenecen a América Latina y el Caribe. Es decir, la región que se autodefine como “Zona de Paz” concentra la mayoría de los países más violentos del planeta. En esa lista aparecen, además, tres de los firmantes de la declaración de enero de 2026: Colombia, Brasil y México, ubicados aproximadamente en los lugares 16, 17 y 18, respectivamente. Y el país por el que se hizo el comunicado, Venezuela, está en el octavo sitio. La disonancia entre el discurso y la realidad es difícil de ignorar.

La propia Declaración de La Habana va más allá del desarme, la desnuclearización y la solución pacífica de controversias entre Estados. El texto compromete a los países de la región a promover “una cultura de paz”, inspirada, entre otros instrumentos, en la Declaración y Programa de Acción sobre una Cultura de Paz adoptada por Naciones Unidas en 1999. Ese documento no se limita a la diplomacia interestatal: llama explícitamente a reducir la violencia estructural y a garantizar condiciones de seguridad y dignidad para las personas. Bajo ese estándar, el balance latinoamericano es desolador.

Hablar desde México de una “Zona de Paz” resulta particularmente irónico, cuando no abiertamente insultante, para millones de ciudadanos. En Sinaloa, un estado que lleva alrededor de 16 meses inmerso en una dinámica de guerra entre grupos criminales, la palabra paz es una abstracción lejana. En Michoacán, donde los habitantes viven con el temor real de ser víctimas de coches bomba, drones armados o minas terrestres, el lenguaje de los comunicados diplomáticos suena hueco, desconectado de la experiencia diaria.

Nada de esto implica negar la importancia de la diplomacia regional ni minimizar el valor de evitar guerras entre países. Pero insistir en la etiqueta de “Zona de Paz” sin hacerse cargo de la violencia interna equivale a confundir estabilidad entre Estados con seguridad para las personas. Las frases funcionan bien en los discursos, en las cumbres y en los comunicados conjuntos. El problema es que, para demasiados latinoamericanos y caribeños, están dolorosamente divorciadas de la realidad. Mientras no se cierre esa brecha, seguir llamando “Zona de Paz” a la región será menos un diagnóstico que un acto de autoengaño.

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