El desenlace de la cumbre del G7 en Francia ha dejado un mensaje nítido y perturbador para nuestro país: una vez concluido el conflicto armado con Irán, el próximo gran objetivo en la agenda geoestratégica y de seguridad del presidente estadunidense Donald Trump será, sin lugar a dudas, México.
La pirotecnia retórica y las descalificaciones lanzadas por el mandatario durante la conferencia de prensa de clausura no deben leerse como un simple exabrupto retórico. Al contrario, constituyen la declaratoria formal de una nueva fase de tremenda presión diplomática, comercial y militar que se avecina sobre el gobierno mexicano de cara a la revisión del T-MEC de los próximos meses, y que ocurrirá en el marco de la inminente campaña electoral para la renovación de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado, un proceso en el que estará en juego el control del Congreso de Estados Unidos.
Lo que Trump afirmó sobre la crisis de seguridad mexicana, el control territorial de los cárteles del narcotráfico y la supuesta parálisis institucional por temor a las mafias ciertamente no contiene elementos novedosos. El inquilino de la Casa Blanca lleva años utilizando a México como el saco de boxeo predilecto para cohesionar a su base electoral y justificar sus posturas de aislamiento y mano dura. Sin embargo, lo verdaderamente relevante en esta ocasión no fue el contenido de su discurso, sino el escenario geográfico y el momento político exacto que eligió para articular su embestida.
En primer lugar, hay que fijarse detenidamente en el dónde. Trump no vertió sus juicios desde un mitin partidista en Ohio o en sus redes sociales de madrugada. Lo hizo en el marco de la cumbre del G7, uno de los foros multilaterales más vigilados e influyentes de todo el planeta, rodeado por los líderes de las democracias más industrializadas del mundo. Al internacionalizar su diagnóstico sobre un México presuntamente desbordado por el crimen, Trump buscó arrebatarle el carácter de asunto estrictamente bilateral para presentarlo ante la comunidad internacional como una seria amenaza global que requiere medidas excepcionales de intervención.
En segundo lugar, el cuándo resulta todavía más calculador. Las agresivas declaraciones se emitieron precisamente al dar por concluido el tenso conflicto con Irán, enviando la clara señal de que Washington ya ha desocupado sus capacidades operativas de Oriente Medio y está listo para redirigir su maquinaria de presión hacia el sur del río Bravo.
Para colmo de la ironía diplomática, este golpe de mazo se dio a menos de un mes después de que la Unión Europea y México firmaron con gran optimismo la modernización del Acuerdo Global. Con un brutal baño de realismo, Trump le recordó a Europa y al mundo que las reglas comerciales del viejo continente importan muy poco cuando el socio alfa de Norteamérica desconoce por completo el valor del libre comercio.
Este endurecimiento discursivo no ocurre en el vacío. En el fondo de la relación subyace un expediente explosivo y pendiente que la diplomacia de nuestro país ha intentado matizar sin éxito alguno: las acusaciones formales lanzadas el pasado 29 de abril por la justicia estadunidense contra diez funcionarios y exfuncionarios mexicanos por presuntos vínculos con el narcotráfico, una lista negra que incluye de manera destacada al gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya.
Washington tiene nombres, investigaciones y, sobre todo, determinación para utilizar la crisis del fentanilo como la palanca perfecta para doblegar el discurso de la soberanía nacional. La advertencia abierta de Trump sobre el futuro del tratado comercial y su desdén explícito al señalar que preferiría no tener el acuerdo norteamericano son la confirmación de que la seguridad interior y la sumisión económica serán las dos tenazas con las que buscará asfixiar a la administración mexicana de manera implacable.
Frente a un aparato gubernamental de EU que ha decidido centralizar de inmediato todas sus prioridades globales en la frontera sur, la clásica simulación diplomática de México ya no será suficiente para contener el embate. El G7 funcionó como el gran megáfono de esta ofensiva; lo que le sigue a este tenso capítulo es, invariablemente, la verdadera gran tormenta.
El autor de esta Bitácora tomará unos días de vacaciones.
