Nación gatopardista

El personaje y su obra maestra siguen teniendo sus misterios. Giuseppe Tomasi di Lampedusa Palermo, 1896–Roma, 1957, siciliano, príncipe de Lampedusa, casado en conflictivo matrimonio con una sicoanalista letona, Alexandra Wolff, llamado a las armas durante la Segunda ...

El personaje y su obra maestra siguen teniendo sus misterios. Giuseppe Tomasi di Lampedusa (Palermo, 1896–Roma, 1957), siciliano, príncipe de Lampedusa, casado en conflictivo matrimonio con una sicoanalista letona, Alexandra Wolff, llamado a las armas durante la Segunda Guerra Mundial, y de acuerdo con muchos de sus biógrafos y analistas literarios, ocioso intelectual autor de una novela extraordinaria: El Gatopardo, escrita entre 1954 y 1956. El italiano fallecería de cáncer pulmonar un año después, para que su obra, hallazgo posterior a su muerte, se publicara al siguiente año. El Gatopardo recorre medio siglo de historia siciliana e italiana, por vía del protagonista, el príncipe (¡también!) Fabrizio, personaje de ficción al parecer inspirado en un ancestro de Giuseppe. El príncipe Fabrizio sostiene un diálogo con Tancredi, su sobrino, y ahí aparece la sentencia que ha hecho historia, tratado de filosofía política por sí misma: “hay que cambiar para que todo siga igual”, responde el joven recién enlistado en la tropa de Garibaldi cuando su tío lo inquiere acerca del porqué del cambio. La visión de Tomasi di Lampedusa ha sido empleada miles de veces para hacer referencia al cinismo de los políticos. La novela ofrece una propuesta, amplia y clara, del estado fallido que para los fines de sus políticos sólo se justifica si todo sigue igual.

No vi el debate. A mi favor sólo puedo argumentar que mi omisión ha sido más que meditada y que ha dado en resultarme sencillamente intolerable escuchar a cada uno de los participantes, cinco perfectos ejemplos del gatopardismo, cada uno a sus anchas en medio de nuestro nacional desastre, todos más que dispuestos a reinar en el desmadre, incapaces todos, como los pienso, de gobernar, protagonistas de campañas políticas que se tratan de los candidatos y que sin más, de modo absolutamente cínico, omiten a nuestra afligida nación. Su vergonzoso proselitismo ha ido generando las más absurdas profecías, consecutivas todas a que gane “el otro”: nos convertiremos en una tiranía al modo del chavismo venezolano, volverá Felipe Calderón convenientemente parapetado tras su esposa, el duende de Dublín continuará, desde las sombras, rigiendo los destinos de México, nos convertiremos en un mariano guadalupano negocio inmobiliario de lavado de dinero, y cuélguensele a mi lista las proféticas tragedias que cada quien haya encontrado.

En derecho a ser profeta de lo tonto, vaya mi profecía por delante: gane quien gane nuestra nación seguirá siendo la misma, los siguientes seis años y mucho, pero mucho tiempo más. Debatimos, debaten, por quién habrá de hacerse de atribuciones de las que más temprano que tarde abominará, como lo han hecho todos y cada uno de nuestros últimos cuatro presidentes, en un país que ha perdido toda gobernabilidad. No hay condiciones para proyecto alguno de nación. Imposible algo así en un país de cuyo colapso tendríamos que hacernos responsables todos. Acorralados por la corrupción y el crimen discutimos cómo habremos de vivir en un entorno seguro, deudores eternos de lo que nos gastamos todos pretendemos ir en busca de nuevos modelos económicos, vecinos del país de Trump suponemos que puede existir dignidad en tan desigual convivencia, y hasta aterrizamos en la frivolidad de un aeropuerto nuevo para un México cayéndose a pedazos. ¿Cinco políticos mexicanos debatiendo con semejante agenda? No pude.

Claro que en la Sicilia y en la Italia de El Gatopardo vinieron los cambios, toda una revolución, espacio único para que los italianos de entonces exhibieran esa incapacidad ciudadana, un solo desaliento herencia del novelista. Tranquilos, pues, habremos de seguir en lo mismo porque no nos es posible nada más. Nos empeñamos en demostrarlo por vía de las campañas y debates nuestros de cada día.

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