Laura Restrepo: Los Divinos

La autora colombiana creó una novela perfecta en más de un sentido, dotada de una prosa de enorme belleza

“Y esa es la tragedia, que esto lo ha hecho un ser humano!”

Hay textos que me convencen, una y otra vez, inevitablemente: escribir es la más desoladora de todas las tareas. Uno se hace ese ánimo apenas comienza la lectura, y así se lee, presa de absoluta desolación. Laura Restrepo (Bogotá, Colombia, 1950) ha escrito una novela perfecta en más de un sentido. Me atrevo a emplear el calificativo si se le entiende de ese modo tan paradójico, tan polar como me resultó a mí: lo que se narra es terrible, un acontecimiento espantoso, que se plasma, sin embargo, con una prosa de enorme belleza. Los Divinos hace honor a la patria de Restrepo, valiéndose del caló como impecable recurso narrativo. Se habla en colombiano, a veces en bogotano, y de inmediato los dialectos resultan indispensables, con frecuencia entrañables, aunque no se sea colombiano, gracias al modo en que son utilizados para construir la historia. La lectura es una sola tragedia y a la vez resulta imposible interrumpirla. Lo que se cuenta y la forma de hacerlo convierten al relato en un solo bloque de palabras hilvanadas con maestría que obliga a leer de principio a fin, sin interrupciones. El crimen, indudable, no debía dar para menos. Con toda la complejidad que pareciera entrañar, se trata de un hecho que se explica con aterradora simpleza, como ocurre con los asesinatos de mujeres: asunto de masculinidad. Por ahí le alega el Hobbit a su hermana Eugenia: “Sobreestimas al género masculino”, para que la novelista nos ponga sobre la pista: cada cosa que explique el crimen tendrá que ver con la masculinidad.

Este será el cristal a través del cual tendrán que apreciarse los sucesos si se quieren entender.La magia de la evolución conlleva distinciones entre géneros, que en un principio apenas eran evidentes, y que al llegar a nuestra especie se hacen brutales de tan marcadas, para que la palabra “igualdad” aplicada a lo masculino y lo femenino resulte de plano absurda.

La masculinidad conlleva primitivismo, estupidez, frontalidad para acceder a los retos adaptativos, ausente toda complicación, toda sutileza. Una sola hormona, la testosterona, funcionando en sencillísimos ciclos de 24 horas, explica asuntos tan graves como las guerras con toda su crueldad y sus miles, a veces millones de muertos. Esa masculinidad que nos narra Los Divinos, la que arranca en el liceo para varones con sus prerrogativas implícitas, espacio para la asociación, la complicidad y las cofradías eternas en lo torpe de sus propósitos, hasta malograr al género en tantas de estas historias. La lealtad que se regatea al género complementario, a las mujeres, irrestricta cuando se debe y se dispensa a los hombres. No voy a disculpar ni a sepultar la cultura que tristemente honra y privilegia a la masculinidad con lo elemental de mi explicación hormonal, sólo propongo que las hormonas pueden determinar a la cultura que llamamos machista, esa que a fin de cuentos condiciona la violencia contra las mujeres y que está demandando todo nuestro entendimiento. Es en esos términos que el Hobbit se refiere al asesino: “¿Sólo matando pudo registrar la existencia ajena? ¿Causar en otro un dolor insoportable como única forma de conocimiento?”.

Termina Restrepo, magistral: “La violencia pesa y pasa, así, sin más, pasa y arrasa, y la muerte se ha ido volviendo la vida cotidiana”. Tragedia colombiana, tragedia mexicana, imposible que la lectura de Los Divinos no traiga a la memoria a nuestros nacionales Porkys, para hacer de violencia y crimen contra la mujer un asunto que merecería urgente agenda latinoamericana en sustitución de tanta hipocresía, estéril a fin de cuentas. De todo lo que pueda leérsele a Los Divinos, impresiona la claridad ajena a cualquier afectada postura feminista. Lectura obligada, considero yo, fuente de entendimiento de la más dolorosa de todas las plagas que trae este siglo.

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