Hackeo a la inversa
El trueque es tan antiguo como la humanidad: tenías lo que necesitaba el otro y se lo cambiabas por lo que a ti te hacía falta. Parece que sucedió en la antigua Mesopotamia: a alguien se le ocurrió que podías necesitar sin tener algo por lo cual cambiar. La solución ...
El trueque es tan antiguo como la humanidad: tenías lo que necesitaba el otro y se lo cambiabas por lo que a ti te hacía falta. Parece que sucedió en la antigua Mesopotamia: a alguien se le ocurrió que podías necesitar sin tener algo por lo cual cambiar. La solución inventó las finanzas y definió el derrotero de la humanidad: ¿no tienes?, ¡te prestamos!, grano, por ejemplo. Mucho más tarde, en la Grecia clásica se inventan los préstamos en moneda, no en especie, y se inician los depósitos: ¿Te sobra?, ¡te lo guardamos! Vámonos a los siglos XIV y XV, a la Florencia que fue la cuna del Renacimiento. Juan de Médici, el más poderoso de sus banqueros, va a financiar la revolución cultural de la época, y hasta al corrupto papado de entonces, para dar lugar a un poderoso principado, el de Cosme y Lorenzo, sus descendientes. ¿Se trataba y se trata de usura? Semejante moralismo carece de toda trascendencia. He aquí, entonces, que nuestra banca mexicana sufre tremendo hackeo, cuyo monto se estima en 300 millones de pesos e ilustra su cibernética vulnerabilidad. Supóngase que yo soy Juan Ciudadano y admítase que es posible una visión distinta de lo sucedido. Soy cuentahabiente de Santander, que conste, y todo lo que narro es absolutamente cierto. Un buen día el saldo de mi chequera aparece en cero. El banco me dice que fui despojado, que no hay lugar a queja porque mi cuenta no estaba blindada. Desde entonces pago la mensual cuota por blindaje y nadie me ha vuelto a robar. ¿Extorsión? Durante los últimos seis meses, en cuatro establecimientos distintos pagué con tarjeta de débito y el cobro se duplicó. Me quejé sin ningún resultado. Cada establecimiento me fue diciendo que ellos no se quedaron con mi dinero, que lo hizo el banco. En tres ocasiones, mi pago mensual a la empresa Izzy sencillamente “se extravió”; tuve que pagar el doble en cada ocasión. Hace apenas unas semanas deposité 5,700 pesos en un cajero “aeroespacial”, lo último en tecnología. El aparato se trabó, marqué a la Superlínea, y tras exactamente una hora con 42 minutos de espera, colgué, desamparado. En el banco me dijeron que haríamos un reporte, que seguro me pagaban. De Querétaro alguien respondió que yo no había depositado nada y que nada me iban a devolver. Tenía un comprobante del dinero atorado y tras un miniescándalo reconsideraron y me regresaron el dinero. Hace un año cancelé una tarjeta de crédito de Citibanamex, mes de marzo. En junio, Citibanamex me cargó un seguro de vida a la tarjeta cancelada. Desde entonces recibo 10 o 12 llamadas diarias en promedio, de call centers, por supuesto, exigiendo el pago de un cargo claramente fraudulento. He hablado con personas que sí trabajan en Citibanamex, y cada una me ha informado que al cancelar mi tarjeta debí haber avisado a Seguros Banamex, no lo hice, el cargo les parece legítimo, seguirán jodiendo a pesar de lo absurdo de su argumento.
¿A dónde va Juan Ciudadano? Al territorio ése de mi absoluta extrañeza porque nadie haya mencionado, al considerar el hackeo, si se trató de justicia divina y nada más. Anécdotas como las que narro las escucho a diario, lo juro, y en cada una el banco que sea se quedó con dinero del cuentahabiente de manera alevosa e injusta. Si consideramos que hay decenas de millones de cuentahabientes en México, de repente me ha dado por estimar los cientos de miles de incidentes cotidianos con los que los bancos ganan y los cuentahabientes pierden. Juanito estima que los montos que puede imaginar rebasan con mucho 300 millones de pesos.
Juan no pretende que aplique para los hackers aquel “ladrón que roba a ladrón…”, perfectamente injusto. Apenas si alcanza a recomendar que todos nos pongamos muy listos con la manera en que nuestras (indispensables) cuentas bancarias son operadas. Al que no habla, Dios no lo oye. Y los bancos son Dios, sin duda.
