Futbol: congruencia nacional

Padezco de natural pudor si quiero escribir de futbol en Expresiones, coto de caza y hasta reducto de intelectuales. Precedentes: hace más de medio siglo que soy mucho más que aficionado al futbol. El juego me apasiona. Pertenezco a esa casi mitad de la humanidad ...

Padezco de natural pudor si quiero escribir de futbol en Expresiones, coto de caza y hasta reducto de intelectuales. Precedentes: hace más de medio siglo que soy mucho más que aficionado al futbol. El juego me apasiona. Pertenezco a esa (casi) mitad de la humanidad denominada género masculino, por lo que mis recursos hormonales incluyen en esencia al simplismo de la testosterona, y mi oficio me ha permitido averiguar que ello me convierte en una especie de idiota natural, tal vez ligeramente rehabilitado por la mitad que ostenta estrógenos. De sobra conocido: patear una pelota para hacerla rodar es ancestral. Hace más de 4,000 años culturas como la egipcia y la china lo hacían, a pesar de lo cual la historia atribuye la paternidad del juego a los ingleses, quienes como para muchas otras cosas exhibían tal salvajismo cuando lo practicaban, que durante el siglo XIV el monarca Eduardo III se vio forzado a prohibirlo dada su peligrosidad. Hoy día, incluso, no hay aficionado de verdad que no sepa que la mitad de las patadas van al balón y la otra mitad a las piernas de los rivales; una especie de boxeo con los pies que, a diferencia del otro, se practica con enorme hipocresía. El futbol como lo conocemos se acordó y quedó establecido en la Inglaterra de la segunda mitad del siglo XIX. El 26 de octubre de 1863, The Football Association deliberó y el 8 de diciembre del mismo año dio a conocer las 14 reglas que habrían de seguirse en lo sucesivo para jugar caballerosamente. Sigo seguro de que eso es en buena medida imposible. Estamos hablando de un deporte, aceptamos por consiguiente que, en el fondo, se trata de nuestra tendencia natural a la brutalidad con la que se ejerce la fuerza física. Las guerras acompañaron a la historia de todos los pueblos de la Tierra, hasta hacernos pensar en las competencias como eventos que sustituyeran a los pleitos cuando no había motivos para guerrear. Nacieron así, por ejemplo, las Olimpiadas de la Grecia Antigua.

La historia de mi vida contiene una escena que a partir de mis ocho años se habrá repetido incansablemente: salía uno a la calle con la cáscara en marcha, había que decir “juego”, y el que lideraba (habitualmente el dueño del balón) contestaba “tiras para allá”. Listo, agenda resuelta hasta que oscureciera, matizada con las eventuales e inevitables madrizas.

Uno puede comerse viva a la FIFA y a quienes medran sin vergüenza alguna con el futbol. No es difícil saberse bruto perdiendo el tiempo en ver un juego y cualquiera sabe que lo más tonto de todo es tomar partido. Sin embargo, llega el Mundial y al carajo con todo lo demás. Cualquier cosa menos el nacionalismo absurdo, ciego, estéril, a excepción del futbol, porque puede uno prender el televisor con aires de antropólogo/sociólogo de la mexicana pendejez, y treinta segundos después ya prendiste, compraste, te muerdes las uñas y mientas madres como si se tratara de la más justa, noble y sensata de las causas. ¿Acaso no había un solo compatriota que no quisiera ver perder a Alemania? Bueno, pero por supuesto. Con el actual he sido espectador de quince Mundiales, a partir de 1962, y —seguramente habrá muchos aficionados que no piensen como yo— el triunfo del domingo es el resultado más importante en esos 56 años. Equipo entrón, salidor, apretando la marca, rotando balón y jugadores para anotar una sola vez y aguantar la metralla de un rival al que se le cerró la portería mexicana. Puedo anotar aquí que como cultor del futbol casi me doy por bien servido, pero mentiría. A lavar mi camiseta, a tenerla lista para el sábado y a padecer una vez más porque así me sucede con cada partido, no me acuerdo desde cuándo. Un apunte más: agradezco de verdad al futbol que me haya quitado de las pantallas, aunque sea un poquito, a las legiones de candidotes/candidatos que, como pestífera plaga, sinvergüenzas, me han estado acosando por más de medio año.

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