Entremeses para México 2018
Del retablo surgirán maravillas nunca vistas por los presentes, pero sólo podrán gozar de ellas los espectadores que no hayan sido bastardos
Hay años y circunstancias para que uno se sienta una sola inadecuación. Ahora no tengo más vivencia que ésa para tratar de plasmar lo que va sucediendo en mi México, tarea esencial de un periódico. Hoy me tomo, nada menos que de don Miguel de Cervantes Saavedra, y del que a mí me parece el más gustado de sus entremeses, aquellas obrillas publicadas casi al final de su vida (1615), en una recopilación que se llamó Ocho comedias y ocho entremeses nuevos nunca representados. El entremés es una pequeña pieza teatral, cuya creación se atribuye a Lope de Rueda (1510-1565), actor y dramaturgo considerado precursor del Siglo de Oro. Fue pensado para representarse entre uno y otro acto de las piezas teatrales que entonces se iban estrenando, y podía hacerse con marionetas o con actores.
Mi favorito, sin regateos, es El retablo de las maravillas. Dos pícaros, Chanfalla, propietario del retablo, y Chirinos, su compañera de trampas, se presentan en un pueblo de aquellos años e instalan una sábana a modo de telón en el palacio del gobernador (Benito Repollo). Del retablo surgirán maravillas nunca vistas por los presentes, pero sólo podrán gozar de ellas los espectadores que no hayan sido bastardos, cuya sangre no sea impura, que sean cristianos viejos y que no lleven sangre judía o mora. Chanfalla y Chirinos van describiendo las maravillas, y ¡ay de quien no pueda verlas!, porque se sabrá en cualquiera de las vergonzosas condiciones que han establecido como requisitos los timadores. Aparece de repente Furrier, un militar que viene exigiendo alojamiento para su tropa, y que, por supuesto, será objeto de burla, porque no consigue ver nada de lo que los demás pretenden estar disfrutando. El suceso termina, como sucedía entonces con lo chusco, a garrotazos.
El Quinto Sol, mítico entorno del México precolombino, oferta de las deidades para los pueblos de entonces, la Cuarta Transformación que ya está con nosotros para hacernos la nación que merecíamos desde siempre, pero que nos era, sistemáticamente, negada, la paz y el progreso, que mexicanos como yo nada más no conseguimos ver. Por eso nos viene perfectamente la metáfora cervantina: algo habrá en nuestra estirpe que nos impide festejar como tantos los beneficios venideros. El retablo no habrá de ser, porque de todo tiene: semejanzas y afectos para con Donald Trump, un tratado de comercio a la medida del progreso en puerta, leyes que garanticen nuestra seguridad, austeridad republicana al más puro estilo del prócer Juárez, que nos asegure los dineros que tanta falta hacen, y un equipo de hombres y mujeres incorruptibles que, en lo sucesivo, nos ofrecerán equidad y justicia. Chirinos enumera y describe con detalle cada maravilla, Chanfalla gesticula, manotea, danza y celebra, y los descastados nomás no somos capaces de vivir lo que tanto anhelábamos, mexicanos deshallados exhibiendo esa amargura que nunca nos deja saber ni creer.
Yo me vivo como un Furrier torpe, tonto, de sangre impura, que no consigue sino cuestionar y confesar que para él no existen los prodigios que han llegado al pueblo, y al fin tristemente enfurecido por aquello que más le parece una pantomima a la medida de la necesidad de creer. Con todo y el desengaño que quisiera arrancarme para ser presa de la confianza de todos, prometo asomarme al retablo una y otra vez, para que por lo menos para eso sirva mi ceguera bastarda: para ser la memoria de la otra mitad de México a la que no le estuvo dado acoger a Chanfalla y Chirinos para vivir las ilusiones de los demás cortesanos. A veces, confieso, siente uno ganas de abandonar el teatro apenas termine el entremés, como si no hiciera falta ser espectador del siguiente acto. Cuatrocientos años después, el Manco de Lepanto sigue haciendo de las suyas conmigo.
Twitter: @obenassinif
