La sangre ya no mancha
• Hoy hablar de estrategia de seguridad se reduce a inaugurar cuarteles de la Guardia Nacional y a presentar cifras de procesos administrativos
Por Carlos Matienzo
En una misma semana el crimen organizado en México es capaz de emboscar y acribillar a 13 policías estatales, de abandonar los cuerpos de tres agentes de la Fiscalía General de la República y de desatar una balacera en Nayarit, en plena zona turística, ante la mirada atónita de quienes recién se enteran de que están en una zona de guerra. Todo puede suceder, pero ya muy poco impacta más allá de algunas notas en periódicos y de promesas de justicia de funcionarios de cada vez menor rango.
Somos un país donde casi cien personas son asesinadas diariamente y en el que, de alguna u otra manera, nos hemos acostumbrado a vivir en la intermitencia de una guerra que causa buena parte de esas muertes. Hay a quien no le gusta llamarle así, guerra, pero justamente es importante enunciarla para remarcar el drama que ella conlleva: las masacres, las fosas clandestinas, los desaparecidos, el desplazamiento humano y la tortura.
El problema acaso es que nos hemos convencido de que México siempre ha sido inseguro y que hay que vivir con ello. Como si la barbarie de los últimos 15 años no fuera irregular. Tal vez sea un instinto de supervivencia lo que nos haya llevado a dejar de dimensionar la tragedia para poder seguir adelante sin la pesadez de los muertos y de pensar que estamos en riesgo constante de ser uno de ellos.
Lo cierto es que a los gobiernos les viene bien esa normalización de la violencia, tan bien que han decidido promoverla. Pese a que hoy se asesinan a miles más que en 2011 —el año en que pensábamos que no podíamos estar peor— la seguridad simple y sencillamente ha pasado a último término de la narrativa gubernamental.
En cualquier país medianamente normal, la masacre contra los policías del Estado de México hubiera desatado indignación nacional y una reacción estatal contundente y aleccionadora. En México, el gobernador de esa entidad tardó un día en hacer una declaración al respecto y al Presidente de la República le mereció apenas un par de minutos de comentarios ni un tuit ameritó semejante afrenta al Estado.
Ese silencio cómodo y negligente es reflejo de una política de seguridad igualmente mediocre. Hoy hablar de estrategia de seguridad se reduce a inaugurar cuarteles de la Guardia Nacional y a presentar cifras de procesos administrativos.
- ¿Desde hace cuánto no se reúne el Presidente con los 32 gobernadores en un Consejo Nacional de Seguridad Pública para elevar el sentido de urgencia y definir directrices nacionales? ¿Qué operativo emergente se ha lanzado para frenar los conflictos entre grupos criminales? ¿Qué recursos financieros se han destinado para atender la crisis? ¿Qué política han anunciado de este lado de la frontera para detener el flujo de armas? ¿Cuáles son las prioridades de investigación y de justicia para desarticular a las estructuras criminales especializadas en asesinar?
No hay nada. México se está dando por vencido. Pareciera que estamos resignados a dar por sentada la violencia y a tratar de avanzar en lo demás, aunque ya deberíamos saber que siempre podemos estar peor. De las autoridades no podemos esperar un cambio si no lo exigimos. Hace dos sexenios los ciudadanos salían a las calles para demandar que cesara el derramamiento de sangre. Hoy parece que la sangre ya no mancha la conciencia de nadie.
