Como la vida misma
• Muchas veces, la buena o mala dirección que toman las cosas puede estar influenciada por el detalle
PASIÓN POR EL DETALLE
La RAE define detalle como un rasgo de cortesía, amabilidad o afecto. Bien, pero a mí me parece poco; el gran diccionario, generalmente generoso en explicaciones y complementos, es para este término más bien rácano. Cuando todos sabemos que muchísimas veces la buena o mala dirección que toman las cosas puede estar totalmente influenciada por el detalle, por un detalle, un ínfimo rasgo que hace que la persona o la situación pasen de lo ordinario a lo extraordinario.
Vienen a mi mente detalles de cortesía aprendidos en mi juventud de gente muy grande, como cuando don Gerardo Sobrado se levantaba cada vez que una señora se acercaba o se alejaba de nuestra mesa, un gesto de caballerosidad que, aunque hoy esté un poco trasnochado, era, en su momento, sinónimo de clase y buenas maneras. Vivimos muy despistados y prestamos poca atención a los detalles, guiños tan aparentemente insignificantes pueden hacerla diferencia en la manera de afrontar una situación determinada. Sin costo, una sonrisa, un ligero apretón de manos, una palabra amable, representan el día y la noche en una relación. En ocasiones basta un gesto, no hace falta nada más, una mirada puede traer tal carga de complicidad que es en sí misma el detalle diferenciador.
Dice la mayoría de los psicólogos que la observación ha sido la clave de la supervivencia y evolución en el ser humano. Sin embargo, ahora parece que hemos llegado a un punto en que si hay algo que nos define es precisamente la distracción. Somos una sociedad multitask, vivimos sometidos a mil estímulos y no prestamos atención a los sentidos. Queremos abarcarlo todo sin darnos cuenta ni de lo que tenemos frente a nuestras narices. Hoy, la mayoría somos observadores, pero en verdad muy vagos, de esos para quienes se requieren grandes llamadas de atención para hacerse conscientes de un peligro y necesitan, para ello, una advertencia muy seria. Pero lo peor es que se nos van miles de detalles valiosos, momentos dulces, gestos entrañables, que son los que dan sabor a la vida.
Hoy hablo de pasión por los detalles, quizá porque sé que es una asignatura pendiente, soy despistado por naturaleza, y muchas veces puedo pasar por alto pequeños tonos o matices que alcanzan a cambiar el sentido de una conversación. Algo tan simple como dar las gracias o pedir las cosas por favor, somos más parcos con las reacciones emotivas y aun sintiendo real agradecimiento por algo, nos cuesta expresarlo con palabras. Estoy aprendiendo a decir gracias, te quiero, me encanta verte; una palabra amable es siempre un lubricante natural en las relaciones.
Hay algunos que se cuecen aparte, detalles que pueden parecer pequeños, aunque son inmensos, tan finos y oportunos que se recuerdan toda la vida. Mi padre defendiendo a su nieto a capa y espada ante una acusación que, a la postre, resultó ser cierta. Mi tío rompiendo las facturas de mi deuda para dejarla en ceros. La carta de pésame que me entregó doña Aurora, tan religiosa ella y tan respetuosa con mi ateísmo. La carita del aprensivo de mi hermano donando sangre para mi cirugía. Son muchos y los agradeceré por siempre; me encantaría que alguien notara alguno mío y de esa convicción y ese deseo me viene ahora el propósito de enmienda. Prometo volverme un hombre mucho más detallista a partir de hoy. Seré agradecido, con la gente y con la vida, seré cortés, pondré especial atención en las cosas simples y mantendré viva la capacidad de sorprenderme y emocionarme con detalles muy sencillos. El pasado domingo, mi nieto Pablo, no sin un poquito de conveniencia, me dijo al oído “abuelo, me urge un fin de semana en tu casa”, ese detalle me hizo el día. Así de simple.
