Contra el fentanilo

La delegación mexicana fue de alto nivel, igual que la de nuestro vecino, para dejar claros los límites y las responsabilidades que tienen las dos naciones y lo correspondiente al tercer socio comercial que es Canadá. Causa de una de las crisis de salud más graves en la ...

La delegación mexicana fue de alto nivel, igual que la de nuestro vecino, para dejar claros los límites y las responsabilidades que tienen las dos naciones y lo correspondiente al tercer socio comercial que es Canadá.

Causa de una de las crisis de salud más graves en la historia de los Estados Unidos, el fentanilo es también la mercancía ilegal que provocó un cambio en el tráfico de estupefacientes y una cooperación histórica entre el gobierno de esa nación y el nuestro.

Altamente adictivo, el fentanilo pasó de los quirófanos a las calles en un abrir y cerrar de ojos, gracias a las ganancias casi instantáneas que produce una droga con ese poder a un costo de fabricación muy por debajo de sustancias competidoras.

Hubo, además, las condiciones de mercado para que, en medio de la llamada crisis de opioides, el fentanilo se convirtiera en la droga de moda y de opción para organizaciones criminales que siempre trazarán sus estrategias alrededor de la mayor utilidad posible. La complacencia de gobiernos anteriores y de estructuras de poder económico y político no obstaculizó la explosión de su venta.

Las consecuencias están a la vista: cien mil muertes al año por sobredosis, a las que se debe sumar las ocasionadas por el uso continuado de esta droga, más los asesinatos entre traficantes, más el deterioro del tejido social en Estados Unidos, más el tráfico de armas hacia México, más la corrupción implícita en ambos lados de la frontera para que el fentanilo en presentación de pastillas pueda estar disponible en condados y ciudades estadunidenses.

Cambia, y eso es fundamental, el compromiso de los dos gobiernos y eso ha hecho que hoy este tema sea uno de los principales de una agenda bilateral-trilateral (Canadá está en la misma coordinación de esfuerzos) compleja, pero coincidente en que el fentanilo es una droga como ninguna otra, tanto en sus efectos sanitarios, como en todos los demás asociados por el tráfico de sustancias nocivas.

Esta semana fue crítica para la estrategia de combate al tráfico de fentanilo, de armas y de precursores químicos con los que se troquelan las pastillas. Tres representantes de los gobiernos de México, Estados Unidos y Canadá, tres mujeres por primera vez en la historia, delinearon el plan que seguirán sus naciones en contra de lo que podría considerarse el narcotráfico del siglo XXI.

La delegación mexicana fue de alto nivel, igual que la de nuestro vecino, para dejar claros los límites y las responsabilidades que tienen las dos naciones y lo correspondiente al tercer socio comercial que es Canadá.

Recupero los siguientes puntos que comunicó, a nombre del gobierno de México, la secretaria de Seguridad y Protección Ciudadana, Rosa Icela Rodríguez Velázquez: éste es un problema de salud pública para nuestro vecino; las armas de alto poder con las que se defienden los traficantes no se fabrican en México ni tampoco los precursores químicos con los que se elabora el fentanilo y, en síntesis, lo que debe hacerse es frenar este comercio ilícito en la frontera y a través de las aduanas. Al mismo tiempo, concientizar a las poblaciones de los dos países para que sepan el riesgo mortal que representa el uso del fentanilo y de otras drogas sintéticas.

Hemos dejado que esta crisis de drogas de diseño nos sobrepase como sociedades. Aunque puede sonar exagerado, la dispersión familiar allá y acá es una causa del abuso de sustancias que sólo han logrado afectar la cohesión social que es indispensable para detener cualquier intento del crimen para impulsar mercados de consumo de drogas.

Podemos hablar horas al respecto de lo que ocurrió, pero lo fundamental en este momento es qué vamos a hacer hoy para detener esta auténtica epidemia. El primer paso ya se dio, gracias a la autoridad moral de las dos administraciones: reconocer el origen del problema, dialogar abiertamente sobre lo que lo ocasiona y determinar las soluciones que en el corto y en el mediano plazo pueden tomarse para resolver el gran desafío de América del Norte.

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