Tomar postura
El buenismo progre, reinante en Occidente, ha encontrado una nueva manera de atacar su propia historia y trascendencia; ahora empaquetamos todas las conductas de una persona para juzgar y etiquetarla en la moral actual y no en la que vivió
La globalización trae consigo el contagio de tendencias políticas para lo bueno y lo malo. Idealmente, la influencia debía ser positiva, pero como hemos visto en el caso del populismo, también se contagia lo negativo.
Pero como todo en la vida es cuestión de ciclos, hay situaciones que se presentan en otros países que pueden ser avisos prematuros u oportunidades por venir.
El gran problema del progresismo llevado a la potencia es que genera muchísimos extremos. La proliferación de juicios de situaciones actuales e históricas es una tendencia que ayuda a hacer mi punto. Ayer, The New York Times publicó un artículo sobre si es momento de cancelar las exposiciones pictóricas de Gauguin, porque se ha hecho público que al pintor francés le gustaba el sexo con adolescentes, cuestión deplorable, pero intrascendente en la obra pictórica, que es lo que lo hace trascendente en la historia.
El buenismo progre, reinante en Occidente, ha encontrado una nueva manera de atacar su propia historia y trascendencia; ahora empaquetamos todas las conductas de una persona para juzgar y etiquetarla en la moral actual y no en la que vivió. No por esto quiero decir que haya conductas graves que debemos perdonar, pero si exageramos en esta tendencia, nos vamos a quedar sin héroes.
Criticar a Alejandro Magno y catalogarlo como genocida o culpar a los conquistadores de prácticas de corrupción es simplificar en el mal sentido nuestra historia.
Si vamos a estos excesos habría que tachar de machistas al 99% de los hombres relevantes del mundo antes de 1970 y ya con eso, descalificar su trascendencia histórica.
Con estos juicios tan simplistas es muy natural que las personas en general, pero los políticos en particular, se hayan vuelto muy tibios para tomar postura. Hay una dictadura de la corrección política en occidente que cae en excesos brutales. Parece que nos acostumbramos a vivir en la medianía y a tener políticos volubles que se acomodan en la parte gris de las posturas. Un ejemplo es justificar los daños a monumentos por la violencia contra las mujeres.
Como hay violencia contra las mujeres, se debe tolerar el daño a los monumentos, derivado de la nobleza de exigir que la violencia cese. Yo soy el primero en deplorar la violencia de género, no tengo duda de la justicia y nobleza de exigir que acabe, pero eso no puede justificar otros actos dañinos.
Sin embargo, muchos lo hacen por este buenismo enfermo que mata el sentido común.
Pero parece que la gente se está hartando de la dictadura de la corrección política. En España, en las elecciones del 10 de noviembre, el partido VOX logró convertirse en la tercera fuerza política de ese país.
VOX tiene una base importante de extrema derecha, pero presentó un crecimiento brutal con respecto a otras elecciones ganándole muchos votos al centro, particularmente al partido de Ciudadanos.
Mucho del arrastre de VOX fue la personalidad de su líder, Santiago Abascal, que en mucho es el otro lado del péndulo. Hay muchas cosas en las que no estoy de acuerdo con el señor Abascal, pero escuché varias entrevistas durante su campaña y me sorprendió que estuve de acuerdo en muchas otras relativas a la irracionalidad de la corrección política.
Sobre todo, me sorprendió lo sedienta que está la gente de escuchar posturas solidas sobre temas relevantes. Síes y noes.
La izquierda española que ha sido buenista desde Zapatero, se las va a ver muy negras con el señor Abascal durante la legislatura, porque es un hombre de ideas claras y una labia arrolladora, sin miedo a decir lo que muchísima gente piensa y dice en la sala de su casa.
Todos los extremos son malos y la ley del péndulo existe. Si el populismo divide por la corrección política, habrá quien encuentre oportunidades en la incorrección política para posicionarse, sin que esto signifique un beneficio garantizado. Ahí están los señores Trump y Bolsonaro para demostrarnos lo anterior.
Y aparecerá uno en México eventualmente, no lo dude.
