Política pública global

El problema más grave que afronta la humanidad es el cambio climático.

Hasta hace relativamente poco tiempo, las políticas y estrategias económicas de los países estaban poco conectadas. La globalización ha provocado una integración, no sólo comercial (horizontal), sino también vertical. Las integraciones verticales son aquellas que integran producto y proveeduría para generar un bien; las horizontales integran bienes, transacciones no relacionadas, pero complementarias. La manufactura de la industria automotriz en Norteamérica es el ejemplo perfecto de ambas integraciones; un coche no puede producirse si se prescinde de la pieza más pequeña de uno de los tres países.

Las regiones económicas fueron integrando políticas públicas necesarias para facilitar la competitividad económica. El caso de Norteamérica es obvio, la Ley de Competencia Económica y las instituciones creadas en los noventa son causa directa del Tratado de Libre Comercio y sirven para garantizar la competitividad de las empresas en cualquier país de Norteamérica. Sin embargo, comparado con la integración europea, nos quedamos cortos. En Europa, las políticas públicas han llegado a niveles más relevantes y ambiciosos. No ha sido sin costo, la salida de la Gran Bretaña es consecuencia directa de la noción de imposición de Bruselas en las políticas públicas británicas.

Antes, como decía, un ministerio de economía no estaba tan vinculado con otros como el de medio ambiente o energía; hoy eso es absurdo, inmanejable e ineficaz.

El problema más grave que afronta la humanidad es el cambio climático. El problema del cambio climático es que es un proceso en cámara lenta. No nos hace recluirnos en casa o ponernos máscaras; lentamente cambia nuestro entorno y lo efectos son palpables de manera aislada. No tendemos a conectar que los huracanes llegan más a EU que a México y Centroamérica, que era lo usual con las riadas veraniegas de Alemania de esta semana o los incendios forestales en California. Afortunadamente para el mundo, el problema está diagnosticado y los países más importantes del planeta, junto con las empresas globales, han hecho ya compromisos relevantes para reducir el consumo de fuentes fósiles de energía.

Aunque lo anterior es importante, no ha sido suficiente porque ha quedado en la voluntad de los países. Eso está por terminar. La Unión Europea y EU están trabajando en un impuesto global al carbón. La idea tiene su origen en un concepto de ciclo de vida de los productos. Es un concepto relevante que debería ser tomado en cuenta por la humanidad al consumir cualquier cosa; pongamos un ejemplo. Un productor de celdas solares, que es un bien utilizado para generar energía de una manera ecológica, utiliza materiales diversos que viene de proveedores y países. Los paneles solares, sin duda, ayudarán a generar energía eléctrica limpia y renovable para el futuro, pero si los paneles solares fueron producidos en un país que utilizó esclavitud infantil, plásticos y materiales no reciclables, exceso de productos petrolíferos y además la fábrica donde se produjeron utilizaba energía eléctrica generada con carbón o combustóleo, pues el producto final, aunque virtuoso, no fue tan limpio en su proceso de producción.

Ese ciclo de vida deja un resultado que se llama huella de carbón. Toda actividad económica es medible por lo que contamina. Las reducciones en las huellas de carbón eran medibles y exigibles “voluntariamente” en el seno de acuerdos internacionales.

El problema es que eso no es suficiente. Los países decentes del mundo trabajan en un impuesto y arancel sobre la huella de carbón que deja un producto en la región donde se produce. Esto sí cambia las cosas. Un país como China puede tener mucha competitividad en la manufactura de productos por la mano de obra barata o por subsidios gubernamentales, pero si la huella de carbón de un teléfono celular chino es mayor que la de un alemán, el celular chino perderá competitividad frente al alemán en Europa y EU, que son los mercados de consumo más relevantes del mundo.

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