Dejamos el tema en la última entrega en la falta de ambición de Norteamérica para evolucionar un acuerdo comercial a algo más que le dé integración y competitividad. También la falta de comunicación de lo que trajo de beneficios en NAFTA provocó que aquellos descontentos con el resultado como fueron muchos estados del centro de Estados Unidos, tuvieran más voz que el progreso (la mala comunicación es el mal endémico del liberalismo y el progreso), pero más importante, que tuvieran un profeta: Donald Trump.
Trump se montó en los grupos descontentos de los estados centrales de Estados Unidos identificando a un enemigo: México. El vecino del sur era el responsable de las pérdidas de empleos en esas zonas estadunidenses y cómo nadie se había preocupado aquí, allá o en Canadá de cuidar la imagen de NAFTA, el campo estaba seco y perfecto para un incendio.
El señor Trump dijo que NAFTA era el peor tratado de libre comercio que habían firmado los estadunidenses y presionó a sus vecinos para renegociarlo. Es importante reflexionar que la renegociación no forzosamente trae más integración (en algunos rubros hay grandes oportunidades), ¿fue un paso hacia adelante o hacia atrás? El tiempo lo dirá, pero el precedente y la cláusula de renegociación automática son una píldora de veneno para nuestra sociedad en Norteamérica; le da a los políticos de EU la posibilidad de disparar al ritmo de la temperatura política, que es lo contrario para lo que dichos tratados son creados.
Los políticos de los tres países no aprendieron la lección y decidieron llamarle al tratado de diferente forma en cada país, lo que dificulta más la creación de una identidad entre los tres países. Tampoco se ve prisa de ninguno de los tres para plantear un siguiente paso, al contrario, los gobiernos de al menos EU y México prefieren verse el ombligo que la región. En ambos países se están tratando de implementar políticas públicas que atentan contra la letra del tratado, pero que tiene buenos réditos en sociedades ignorantes e ideologizadas (por eso no debe preguntarse todo a todos). En Estados Unidos se ha propuesto un incentivo económico importante a vehículos eléctricos producidos en su territorio (¿para qué Norteamérica, entonces?) y en México podemos hacer un libro de las políticas públicas contrarias al tratado.
La reforma energética propuesta por el gobierno no sólo afecta los intereses de empresas estadunidenses que ya hicieron inversiones en México, sino que potencialmente incrementará el costo de la energía de todo aquello que se fabrique en Norteamérica dentro de la cadena de valor. A eso se le llama disminución de la competitividad como región.
México no ha sido un vecino fácil de tragar. Nuestra posición geográfica hace que no nos esforcemos mucho por dar una mejor impresión para lograr mejor aceptación dentro de la sociedad norteamericana. Somos el vecino que no respeta las reglas del condominio. Somos un vecino sumamente incómodo y eso no ayuda a la idea de mayor integración.
Si a eso le sumamos los cambios en política exterior basados en el latinoamericanismo setentero de libro de la SEP, nos convertimos en causa imposible para mucha sociedad culta de Norteamérica que sí quiere mayor integración.
Durante los 30 años del NAFTA surgieron muchos think tanks y grupos de interés y estudio de México en Washington, que se han dedicado no sólo a estudiar, sino a promover a México como un alumno lento, pero constante. Hoy esas personas no tienen nada que defender ante nuestra regresión geopolítica estratégica.
La solución está en nombrar a un grupo supranacional de norteamericanistas de los tres países a hablar y diseñar un futuro regional conjunto que, además, ayude a México a seguir el camino del capitalismo y la globalización. Y que ese grupo presente dicho plan a los tres estados como una estrategia geopolítica que esté más allá de la política local. Se oye difícil, pero no imposible porque hay talento respetable en los tres países para lograrlo.
