Los americanos
Esta semana ha sido una muy intensa y relevante para la política mundial. Guste o no, los americanos son el ejemplo pleno de la democracia y la institucionalidad. Es un país que se fundó basando su futuro en instituciones que garantizaran la idea de los balances en el ...
Esta semana ha sido una muy intensa y relevante para la política mundial. Guste o no, los americanos son el ejemplo pleno de la democracia y la institucionalidad. Es un país que se fundó basando su futuro en instituciones que garantizaran la idea de los balances en el poder y el servicio público (checks and balances). Después de la guerra de independencia, los padres fundadores de Estados Unidos, George Washington, John Adams, Benjamin Franklin, Alexander Hamilton, John Jay, Thomas Jefferson y James Madison crearon un país y, más importante, las reglas de organización política que rigen y han dado la base del éxito de Estados Unidos hasta hoy. Lo interesante, además, es la capacidad de siete personas que trabajaron cuatro meses para crear una república que asegurara la estabilidad de sus habitantes por siglos.
Sin embargo, en los últimos veinte años, Estados Unidos ha tenido una fase en la que las diferencias socioeconómicas se han disparado de manera relevante. Una constante americana y, una de sus más grandes ventajas, es la vocación y capacidad para abrazar el cambio. Sin embargo, el cambio cuesta a muchos sectores que se sienten privilegiados sin entender que sus antepasados llegaron a ese país a romper los mismos paradigmas que ahora ellos sufren. Eso, y la falta de una comunicación eficaz del éxito, generó oportunidades para que un hombre simplista llegara a la presidencia. El asunto salió carísimo. Estados Unidos perdió en cuatro años prestigio, credibilidad y se volvió la burla del mundo desarrollado.
Pero el sistema de balances prevaleció. La estructura sistémica de Estados Unidos fue puesta a presión absoluta en la semana con la peor combinación de factores que uno pueda imaginarse. Pero las instituciones y las leyes funcionaron. Hoy domingo, mientras escribo esta columna, no tengo la menor duda de que Joe Biden tomará posesión el 20 de enero de 2021 con o sin la cooperación del actual presidente.
Las lecciones que los americanos, como país, nos dieron en la semana son brutales. Voy a comentar solamente dos ejemplos de lo mucho que se hizo en la semana. Las dos tienen que ver con el concepto de responsabilidad individual y colectiva para garantizar el bien común o el bien más grande.
La primera es la relevancia del momento; en medio de una pandemia que ha matado doscientos cuarenta mil americanos, la gente salió a votar. Hicieron filas, votaron por correo, pero no se quedaron atrás. Entendieron que tenían el poder y la responsabilidad de influir y poder cambiar (o mantener) lo que pensaron que era mejor para su país. La democracia como concepto se ratificó como proceso de gobernanza y organización política social. Frente al simplismo de adquirir más poder “para ser más eficiente” la gente ratificó un modelo de país. La gente consideró que su voto era importante para cambiar una situación que se empezó a llevar al extremo.
La segunda es el concepto de responsabilidad de todos los jugadores del país (stakeholders). El jueves por la noche, el presidente de Estados Unidos y candidato derrotado apareció en medios para clamar un fraude electoral sin una sola prueba. Cuando el discurso llegó a un límite, muchas cadenas de televisión cortaron la transmisión. Es un concepto de responsabilidad contundente. Hay un concepto de bien común que está por encima del poder y los medios de comunicación lo entienden bien allá. Por más presidente que sea el señor Trump, no puede poner en riesgo la estabilidad y convivencia de su país para acomodarse a su ego o conveniencia.
Los medios de comunicación son actores sociales que no se deben solamente a las concesiones emitidas por la autoridad. El papel de los medios no es de repetir lo que diga el poderoso sólo por estar ahí, también tienen una responsabilidad sobre el interés colectivo. Lo contrario es prestarse al interés del poder, cuestión que aquí es regla.
Estas dos observaciones las debemos ver con cuidado en México. Estamos en escenarios complicados, donde todos tenemos una responsabilidad de balancear el poder que, no nos conviene, se vuelva absoluto.
