Lo aceptable e inaceptable
• La decisión viene de reglas escritas en la posguerra, donde la apología al nazismo es un delito y punto.
Feliz cumpleaños, hermano del alma
Al acabar la Segunda Guerra Mundial, el costo y la cantidad de muertos generaron una visión general (masiva) de lo que era aceptable o no. Las crisis profundas crean y generan ese momento virtuoso en que los colores grises se diluyen y se ve con más claridad lo bueno o malo. Un ejemplo de esto lo vimos esta semana, donde un distribuidor de vehículos en México colgó un cuadro que mostraba esvásticas y un acto del nazismo. En el mundo de hoy, lleno de grises, podría argumentarse que es un acto garantizado por la libertad; sin embargo, la marca, de origen alemán, tuvo que terminar su relación comercial con dicho distribuidor sin cortapisas. La decisión viene de reglas escritas en la posguerra, donde la apología al nazismo es un delito y punto. El asunto llegó al gobierno alemán y hasta la fundación Simon Wiesenthal se involucró.
¿Hubo costos? Sin duda, mucha gente se quedó sin trabajo, pero el acto de castigar lo inaceptable es algo que a nuestra sociedad no debería extrañar. Las libertades otorgadas por los derechos occidentales nos hacen caer en el otro extremo. Hemos llegado al momento de pensar que la libertad no tiene restricciones, obligaciones ni responsabilidad. El exceso de libertad nos hace creer que no hay diferencia entre bien y mal, sino que el individuo es libre de elegir su comportamiento.
Afortunadamente y, aunque mermada su efectividad, las leyes existen para definir las conductas de lo que está bien o mal. En Estados de derecho decentes, eso sigue siendo una garantía de estabilidad. En países donde la ley se aplica a voluntad del gobernante, los grises se amplían y permiten la confusión de valores. Por ejemplo, en México se está generalizando la toma de casetas para que gente extorsione a quien quiera pasar. Es decir, la cuota ya no es garantía del servicio de libre tránsito, los manifestantes pueden actuar impunemente porque son pobres y requieren recursos de quienes sí los tienen.
Pero esta crisis de confusión no es única de nuestro país. El estar lejos de un conflicto bélico como la Segunda Guerra Mundial, con bienestar y libertades garantizadas, empieza un proceso de aceptación de cosas que no debería ser. Como dice una persona muy cercana, se infiltra como la humedad.
Esta semana, España fue escenario de algo aceptado, pero que debería ser inaceptable. Pedro Sánchez que ha vendido lo que ha podido a los enemigos de la unidad de su país con tal de ser presidente de gobierno, lamentó en el Congreso español la muerte por suicidio de un terrorista etarra en la cárcel. El presidente de un país lamenta públicamente el suicidio de un terrorista que vivió para conspirar la muerte de policías, militares y guardias civiles que están ahí para servir a los españoles. Es casi como saludar a la madre del enemigo público número uno.
La muerte de cualquier persona es lamentable, pero un jefe de gobierno no puede lamentar públicamente la muerte de un enemigo del Estado, que él representa en parte. Lo hace porque parte de los grupos políticos que lo apoyan son independentistas vascos y catalanes. Es aquí donde se materializa el conflicto de interés de Pedro Sánchez.
La politiquería, pero, sobre todo, la aceptación social de lo inaceptable permite estas conductas. El enemigo ya no es el enemigo, ahora es una persona que pensaba y actuaba dentro de sus libertades. Hemos perdido la claridad de lo bueno y lo malo.
Lo mismo sucede en Estados Unidos, donde el racismo o la noción de supremacía por un color de piel es visto como un derecho o libertad, alentado por su propio presidente. Hay grupos organizados y financiados para promover la supremacía blanca en Estados Unidos, desde su fundación, y que tienen la garantía de existencia bajo el amparo de la libertad, ¿está bien o está mal? Punto.
