La mentira como instrumento

Decir que los políticos mienten es una obviedad in extremis. Una campaña electoral es eso, la oficialización de que dos o más personas competirán por tu voto inventando una realidad, el del gobierno en el poder dirá que se ha avanzado y mejorado, pero que todavía ...

Decir que los políticos mienten es una obviedad in extremis. Una campaña electoral es eso, la oficialización de que dos o más personas competirán por tu voto inventando una realidad, el del gobierno en el poder dirá que se ha avanzado y mejorado, pero que todavía queda camino por andar, mientras que el opositor dirá que todo está peor de lo que está. Por lo tanto, el elector está sometido a una apreciación de la situación que nunca será fiel a la realidad por la propia naturaleza del ejercicio político. Hay un incentivo para mentir a niveles insospechados de la política mundial. El primer problema es la difusión y su capacidad constante y accesible de transmitirse.

Imagine usted, estimado lector, la campaña presidencial de Franklin D. Roosevelt. Para el electorado saber que había una campaña política era noticia de una vez al día, por la mañana en el periódico. Si usted vivía en algún poblado recóndito de EU, su posibilidad de ser visitado por los candidatos presidenciales era mínima, por lo que el conocimiento de la persona y de lo que decía sobre la realidad se limitaba a lo que se escribía en el periódico una vez al día. Lo demás era la vida común de trabajo. El diseño fue de George Washington, quien siempre pensó que el país debía funcionar a pesar de sus políticos, por lo que los confinó en un pantanoso lugar del noreste de Estados Unidos, junto al río Potomac.

Compare esa situación con las noticias las 24 horas o con Twitter. La información, pero también la difamación, puede tener una distribución permanente y ya no está limitada a lo que un periódico decidió imprimir, cuya vigencia tenía 24 horas. Hoy una noticia puede desmentirse o contaminarse en segundos. Los canales de noticia no ayudan; para poder mantener el interés permanente de la gente, éstos deben generar la percepción permanente de crisis. Pero para que la gente se mantenga conectada, las crisis deben ser preocupantes o malas. Nadie permanecería conectado a Fox o a CNN sobre una crisis de incremento en el nacimiento de pandas o la aceleración de la invención de medicamentos contra enfermedades relevantes. Eso ayuda a incentivar la generación y distribución de mentiras.

Si no lo ha hecho, le sugiero que vea un día completo Fox News. Para ellos, Occidente desaparecerá de manera inminente por culpa de los demócratas. Miembros prominentes de ese canal fueron cruciales para distribuir mentiras del equipo de Trump, como que había una red de pederastas demócratas organizada desde una pizzería de Washington D.C. (provocó que una persona intentara tomar la pizzería con armas de fuego, pensando que liberaría a los niños que habían sido sometidos por la izquierda americana), o que la candidata demócrata Hillary Clinton era, en realidad, una doble, ya que la original estaba enferma. Esa constante sensación de estar al borde de la extinción de EU ha sido el éxito de la proliferación de políticos como Trump en ese país.

El segundo tema es la falta de escrúpulos. La difusión permanente y constante de una crisis incentiva a que cada vez sea peor la situación. Pero como esas crisis empeoran artificialmente, la mentira debe, por definición, empeorar la situación anterior. Esto conlleva daños colaterales, como mentir sobre las personas y desprestigiarlas, sea cierto o no. El tema de Calderón es icónico, un periodista inventa que el presidente es alcohólico, sin pruebas, sin que se le haya visto en mal estado o resacoso y ya es parte del ideario popular. Aquí hay varios responsables: los autores, los propagadores, los medios y los partidos que ven sin preocupación el comportamiento incivil, mientras el que lo haga gane elecciones.

La tercera es una mezcla de las dos, pero la sociedad entera es responsable. Se trata de la impunidad ante la mentira. Muchos políticos tienen contadas y contrastadas las mentiras que dicen, pero al ciudadano de a pie le tiene sin cuidado que quien maneje el dinero público y gobierna mienta, mientras sea el político de sus amores. No hay autoridad que se haga responsable de las mentiras, por lo tanto, no hay consecuencias.

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