La idiosincrasia y la vacuna
La actitud de los países hacia la vacuna y, en general, hacia la pandemia, magnifica los defectos y virtudes de cada idiosincrasia. Pensemos en el inicio de la pandemia. Los países del este, como Japón y China entre otros, que están educados para pensar colectivamente, ...
La actitud de los países hacia la vacuna y, en general, hacia la pandemia, magnifica los defectos y virtudes de cada idiosincrasia. Pensemos en el inicio de la pandemia. Los países del este, como Japón y China (entre otros), que están educados para pensar colectivamente, inmediatamente controlaron la pandemia mediante acuerdos sociales que la gente no rompe por pensar en el prójimo. En Japón, desde siempre, las personas que tienen gripe o alguna alergia se ponen tapabocas para no molestar a los demás. No fue difícil que la colectividad reaccionara de la misma manera, sin la necesidad de mandar a todo el mundo a su casa de manera permanente y prácticamente sin el impacto económico. Japón y México tienen la misma población, con el agravante japonés de que su población arriba de 65 años es mayoritaria. El virus ha matado, en total hasta hoy, 7,738 personas en Japón. Son como nuestros últimos siete días.
Durante la pandemia, las principales economías del mundo invirtieron fuertes cantidades de dinero en desarrollo e investigación para encontrar una vacuna. Con ayudas estatales y con compras visionarias, la mayor parte del primer mundo ha asegurado e iniciado agresivamente la vacunación (Japón va muy lento porque la vacuna no es lo que ha “domado” su pandemia). Estamos enfocándonos en la vacuna, pero, hoy por hoy, hay miles de millones de dólares invertidos en el desarrollo de fármacos y medicinas que ayuden a curar la enfermedad y no sólo a prevenirla. ¿Quién cree usted que será el primer beneficiario de la medicina? Mientras, nosotros grillamos en la ONU.
Ya entrados en las campañas de vacunación, tenemos casos emblemáticos como Israel, la democracia liberal más exitosa del Medio Oriente, y a los británicos y franceses, que cuando se determinan hacer una cosa la hacen de manera coordinada y eficaz. Luego tenemos el caso de los americanos que son pragmáticos, visionarios y organizados. Pero lo que más me llama la atención de Estados Unidos es que, culturalmente, es un país que hace que todo fluya. El personal médico que está poniendo vacunas va a eso, a ponerlas. El punto y objetivo claro es hacer lo más en el menor tiempo posible. Por lo anterior, tienen las vacunas, tienen la logística y organización para aplicarlas y tienen claro que el objetivo es vacunar a la mayor cantidad de gente posible.
Un ejemplo los describe. En Oregón, en algún centro de distribución de la vacuna, por la madrugada se dieron cuenta que los refrigeradores estaban fallando. El responsable del centro tomó la decisión de sacar las vacunas y pidió apoyo de altavoces de las cercanías para despertar a la gente para que fuera a vacunarse. No necesitó permiso del jefe, oficio, no le levantaron un acta administrativa y no está en la cárcel.
Desafortunadamente, en nuestro país, la idiosincrasia también ha sido evidente. Ya no ampliaremos el punto de la compra de las vacunas y que no las hay. La aplicación de la vacuna es una fotografía de nosotros. Somos un país donde la vocación es poner trabas para todo. Se inicia con una estrategia por delegación, sin un sistema de cita, por lo que empieza nuestra cultura de las filas con filtros.
Después, al poner limitaciones geográficas, se convirtió en un bacanal burocrático para el placer de los funcionarios, donde ya se pedía todo tipo de documentos, tinta azul, INE, etc. Todo sujeto a la discreción del funcionario en turno. Como somos expertos en poner obstáculos donde no los debemos poner, también somos expertos en saltarlos o darles la vuelta. El criterio delegacional terminó por no funcionar, porque hubo préstamo de documentos, copias falsificadas, etc. Gente en silla de ruedas con más de 80 años que no llevara el comprobante no se vacunaba. ¿Cuál era el objetivo? Porque vacunar a la mayor cantidad de vulnerables, no.
Nuestra incapacidad de diagnóstico y de identificación de objetivos nos va a llevar a la ruina.
