La ficción cubana
Cuba, Fidel y el Che son un fenómeno cultural que dobla la apuesta de la imbecilidad.
Le dedico esta columna a todas
las mujeres que me enseñaron
tanto la semana pasada.
Hace poco tuve una plática con un hombre muy relevante en mi vida por muchas razones, Andrés Rozental, sobre una pregunta que le plantearon. Andrés, como parte de su trayectoria diplomática, participa en un congreso anual de exministros de Relaciones Exteriores en Marruecos. En esta ocasión le tocó sentarse con una exministra alemana que preguntaba sobre la obsesión latinoamericana con la izquierda. Ella le decía que su preocupación y la de Europa era que, salvo por excepciones como España (que no debe ser casualidad), la izquierda en Europa estaba muy desprestigiada y que ahora la preocupación era la derecha y sus extremos (recuerde, querido lector, que para mí la descripción de izquierda y derecha está rebasada, y en realidad es una lucha entre lo liberal y la autocracia).
Andrés y yo hablábamos de la pregunta y le dije que yo pensaba que Cuba era la razón. Cuba, Fidel y el Che son un fenómeno cultural que dobla la apuesta de la imbecilidad. Pero tiene ese romanticismo que atrapa a tantos. No importa ningún tipo de dato que uno pueda dar sobre el fracaso económico, las condiciones de vida y la pobreza cubana, alguien siempre contestará: “Pero son libres”, “es culpa del imperio”, “tienen mucha educación”, “tienen el mejor sistema médico del mundo”…
Ninguna de las aseveraciones anteriores es cierta, son puros lugares comunes de gente que se quedó atrapada en la discusión entre izquierda y derecha, pero que ya no reconoce ni una ni otra. La URSS fracasó, Cuba sigue fracasando, Corea del Norte también y China es una economía capitalista manejada por un partido comunista.
Las condiciones de pobreza que han generado las dictaduras comunistas son criminales. ¿Cuántas películas hay sobre el fascismo europeo, el nazismo y los excesos de la Segunda Guerra Mundial? y ¿cuántas de los muertos que ha generado el comunismo? El comunismo y sus excesos, que son más en números que los del fascismo europeo, tienen un escudo protector que es inentendible, pero real. La gente defiende a Cuba y su régimen criminal como las mujeres que defienden a su esposo golpeador.
En esa discusión, la razón y la lógica no tienen cabida. Marx inventó una idea que es inmune a la razón e impermeable a los argumentos.
México, un país con una tradición diplomática humanista y noble, le va a entregar su máxima condecoración al actual dictador de Cuba, Díaz-Canel. ¿Por qué? Porque tenemos un gobierno repleto de convencidos del comunismo y sus virtudes, a pesar de las evidencias. La idea de la izquierda es la única que genera tontería voluntaria por su romanticismo.
Ese posicionamiento psicotrópico de nuestro actual gobierno tendrá repercusiones para nuestra relación con nuestros aliados. La conducta errática de un país confundido entre la realidad y las ideas adolescentes generan incertidumbre. México premia a un dictador que mata a la gente de hambre y defiende a un país que invade militarmente a sus vecinos. Esto no puede y no será olvidado fácilmente por nuestros aliados, socios y amigos.
México está atrapado en los libros de texto de la SEP de 1960 y estamos actuando en consecuencia. Lo vamos a pagar caro en términos de credibilidad y confianza.
BIDEN
El presidente Biden es un fenómeno político como pocos. El martes pasado presentó su informe sobre el Estado de la Unión y demostró una vitalidad y agilidad mental brutal. Su edad es su enemiga en las elecciones americanas, pero creo que sus resultados hablan de una gestión sin precedentes. Como en nuestro caso, la política tiene una generación perdida y eso provoca la permanencia de hombres cuyo tiempo ya ha pasado. ¿Cómo generar interés para que nuevas generaciones tomen responsabilidad sobre la política?
