La ética y la política
La lucha por el poder siempre ha sido despiadada. Desde los inicios de la historia, quitar a alguien para poner a otro requirió de guerras, sangre y muertos. Fue así hasta que el hombre estructuró la mejor forma de legitimar el poder. Legitimar el poder requiere de un ...
La lucha por el poder siempre ha sido despiadada. Desde los inicios de la historia, quitar a alguien para poner a otro requirió de guerras, sangre y muertos. Fue así hasta que el hombre estructuró la mejor forma de legitimar el poder. Legitimar el poder requiere de un acuerdo general o mayoritario de dos cosas; la primera, el sistema general establecido para ejercer el poder y, el segundo, el consenso mayoritario de la persona que quede en el poder. El primero es el más importante porque acepta al segundo, aunque no nos guste.
En el caso de las monarquías, surgen por la necesidad de tener a un líder y, desde tiempos ancestrales hubo un consenso general de que dios había escogido a una persona y su linaje para mandar. Hasta la fecha, por más anticuadas que se consideren las monarquías y entendiendo que la noción de la selección divina es poco creíble, hay un acuerdo general basado en la tradición que conserva las monarquías en el mundo. Puede uno estar o no de acuerdo con el sistema, pero nadie duda de que Isabel II o Felipe VI son los reyes de sus países. El sistema monárquico está establecido en las constituciones de dichos países y, el acuerdo general, es que la constitución de un país es la letra que rige. Más tarde en la historia otros países decidieron que la monarquía no era justa y que se requería otro sistema. La Revolución Francesa es el ejemplo perfecto de que el acuerdo sistémico se rompía y hubo un nuevo acuerdo de crear una república. Los americanos y su independencia es otro momento de rompimiento de un acuerdo general y que definió a las democracias modernas. Ambos países fueron la influencia que forjó todas las democracias liberales modernas.
Pero para que el sistema de legitimación funcione también requiere que los participantes del sistema respeten el marco legal del sistema. Para ello, se requiere que dichos participantes de la política se sometan a las reglas y las respeten. Para ello se requiere de una calidad ética y moral de los participantes. Cuando vimos a Hugo Chávez cambiar la constitución para perpetuarse en el poder, se rompió el acuerdo general y empezó la migración venezolana. Hoy no podemos decir que exista un acuerdo sistémico en Venezuela.
Al contrario, en la elección de Gore y Bush, ante el empate en las urnas por el sistema de colegio electoral americano, la elección se definió por la Suprema Corte de Justicia. Pudo haber sido una decisión injusta, pero Gore concedió la victoria a Bush entendiendo que protegía algo más grande que su propio interés; el consenso general del sistema. Por lo tanto, al individuo que pone los intereses generales sobre los particulares se le llama hombre/mujer de Estado.
A últimas fechas la política en el mundo ha perdido a los hombres de Estado a favor de individuos que protegen más su interés personal que el general. Esto nos debe poner a pensar si se requiere diseñar barreras de entrada a la política. En nuestro país es evidente que la fama o el atractivo de un personaje para ganar una elección es más importante que la preparación o la calidad ética de la persona.
Por otro lado, y, derivado de lo mismo, vemos menos interés de personas preparadas de participar dentro de la política y eso es en detrimento de todos. No estamos solos en la tendencia, Estados Unidos sufre de lo mismo. En ese país, históricamente accedían al poder personas de cierta preparación, pero la llegada de Trump y el efecto de reorganización de los distritos electorales (anterior a Trump) ha radicalizado las posturas, dejando a gente del centro fuera de la jugada política y permitiendo a los radicales a posicionarse mejor.
La radicalización de la política y sus puestos pone en riesgo al sistema. Más cuando las personas que detentan puestos relevantes, incluso la presidencia, están listos para gritar trampa aprovechándose de los defectos inherentes al propio sistema.
