La división provocada
Me interesa mucho la condición de bipolaridades que experimenta la mayoría de los países.
El día de ayer, hoy mientras escribo, fueron las elecciones generales en España. Las vivo en Santiago de Compostela y empiezo el artículo sin conocer el resultado. Al final del mismo ya lo sabré y opinaré. Es un experimento empezar y terminar con el evento definido.
Lo que es cierto es que el mundo está más conectado que nunca y los conflictos entre los grupos políticos varían poco a lo largo del mundo. Me interesa mucho la condición de bipolaridades que experimenta la mayoría de los países. Para ello tenemos que aceptar que la humanidad ha avanzado muchísimo a lo largo de la historia y hasta el momento en el que nos encontramos. Ya sé que habrá lectores que piensen que esto no es cierto porque todavía hay pobreza y hambre, cierto, pero el avance es brutal.
Sólo las cifras de esperanza de vida o sobrevivencia de niños hasta los dos años se han incrementado para beneficio de la humanidad y es un fenómeno global. Hay muchos otros indicadores. Sin embargo, la división y radicalización global interna en política es más grave y evidente que hace diez o veinte años. ¿Por qué?
Tampoco existe el riesgo real del comunismo y el fascismo que había en los veinte y treinta del siglo pasado, a pesar de lo que digan los trasnochados. Mussolini sería un loquito en la calle el día de hoy, sin posibilidad alguna de llegar al poder, a pesar de lo que la “izquierda” dice.
Entonces, si la gente vive mejor, tiene más servicios (en general) y tiene más posibilidades de desarrollo, está tan dividida. Mi conclusión es que a la clase política le conviene mantener la división y el miedo para poder incentivar conductas dentro del sistema electoral en las democracias o para implementar medidas con menos libertades en las autocracias. Por eso es tan importante mantener los discursos de miedo, los lados en la política (inexistentes) y las siglas y colores.
Si la gente leyera los discursos y proyectos sin saber de quién vienen y votaran por ese proyecto, estoy seguro de que muchos acabarían votando por quien no quiere en el mundo de los símbolos. Pero los partidos políticos saben que esto es prácticamente imposible porque en todos los países hay segmentos de población mayoritarios a los que no les interesa el contenido de los programas, proyectos o argumentos políticos, sino que se ponen una camiseta como si se tratara de un partido de futbol. También es cierto lo que hemos escrito en otras ocasiones respecto a que la democracia, cuando no tiene barreras de entradas (grado escolar u otro), tiene una debilidad que es aprovechada por los partidos políticos, quienes envían a las elecciones a quien puede ganar una elección y no a quien puede desempeñar un cargo de elección popular. De esto sabemos mucho en México.
Pues retomo la columna con los primeros resultados y creo que hay varias conclusiones:
La primera es que los sondeos y encuestas se equivocaron nuevamente y, aunque puede ser que el Partido Popular gane nominalmente, pero no le alcanzaría para formar gobierno y sus números no reflejan el de las encuestas.
La segunda es que España está profundamente dividida y esto no es bueno, pero tampoco es nuevo. Desde la época de Zapatero el PSOE abandonó su vocación constitucionalista para reposicionarse como progresista y distanciarse del PP.
La tercera es que, gracias a las reglas parlamentarias, el PSOE perdiendo nominalmente contra el PP puede formar gobierno si forma coalición con Sumar (una coalición de izquierda), pero también tendría que contar con los partidos separatistas catalanes, vascos y gallegos. La pregunta es, ¿a qué precio?
Las elecciones hoy en día se ganan en los sentimientos del electorado más que con su razonamiento, y esto pasa cuando los políticos logran exacerbar el miedo.
