Geopolítica y vacuna
Hasta el siglo pasado, la raza humana veía las pandemias como plagas inevitables que causaban muerte de manera irremediable
Felicidades a mi querido Jorge.
El esfuerzo global por desarrollar una vacuna que nos proteja contra el coronavirus es algo que no debemos minimizar. Hasta el siglo pasado, la raza humana veía las pandemias como plagas inevitables que causaban muerte de manera irremediable. Piense usted, querido lector, que, durante los últimos diez mil años, morir por una epidemia era una cosa bastante normal, como lo era morir por hambrunas. Sin embargo, a partir de mediados del siglo XIX, con la masificación de producción provocada por la revolución industrial, el uso del jabón empezó a ser una costumbre higiénica generalizada.
Louis Pasteur, un microbiólogo francés, puso los fundamentos para llevar a cabo procesos de desinfección de alimentos (pasteurización) y las bases para las primeras vacunas y antibióticos. Pero es en el siglo XX donde la investigación y la ciencia dan los pasos crecientes y sostenidos para entender la biología de los virus y las bacterias del mundo. Alexander Fleming descubre la penicilina en 1928 y, con eso, la oportunidad de curar a millones de personas de lo que antes se morían.
Piénselo bien, hasta el siglo pasado, prevenir mediante la limpieza usando jabón, vacunando a niños contra enfermedades reincidentes y tomar antibióticos para curarse es algo que no tiene más de 170 años. Los restos del homo sapiens más antiguo son de 315,000 años, los últimos diez mil ya viviéndolos en comunidades grandes y organizadas, morían de las mismas enfermedades hasta hace 170 años.
La pandemia que nos ha azotado desde el año pasado será la pandemia más contagiosa globalmente de la historia, porque la movilidad global nunca ha sido tan fácil y real como hasta ahora, pero también será la más corta de la historia. Lo que hubiera tardado una década y hubiera acabado con un porcentaje relevante de la población mundial, pasará en dos años, máximo.
La gran diferencia con respecto a la peste o a las influenzas es la capacidad científica mundial para poder desarrollar vacunas para proteger a la población de covid-19. Además, no fue una, son varias y de distintos países las vacunas desarrolladas. No podemos darlo por hecho sin detenernos a pensar cuánto hemos avanzado en tan poco tiempo.
Los países que no tenemos la tecnología para desarrollar vacunas, porque no hemos invertido lo suficiente en ciencia, estamos a merced de los que la tienen. Es evidente que nuestra geografía nos vuelve a salvar. A los americanos les importa vacunar a sus ciudadanos, pero como la enfermedad no es un tema que pueda encapsularse, y somos sus vecinos, también le interesa que México esté vacunado lo antes posible. También le conviene a la región norteamericana seguir produciendo sin interrupciones. De nada sirve que las plantas de manufactura estén trabajando en Estados Unidos y Canadá a todo motor, si parte de la cadena de valor sigue entrando a olas de la pandemia. Es muy importante entender las ventajas que da el estar vacunado en lo individual y lo colectivo. Estados Unidos, que había sido tan criticado por el manejo de la pandemia de Trump, hoy tiene ventajas innegables frente a Europa, que no tienen la capacidad ni el pragmatismo americano para vacunar a su población. Estados Unidos podrá echar a andar su economía antes que Europa y México tendrá el beneficio de esa vecindad que no sabemos aprovechar.
En el caso de otros países menos afortunados, el tema es peor. China y Rusia van a utilizar la vacuna como moneda de cambio para comprar influencia en el mundo. Imagine usted un país de la costa africana que requiere la vacuna y se aparecen los gobiernos chino y ruso para ofrecer el envío de vacunas, ¿a cambio de qué? EU y Europa deben poner atención a esta circunstancia, porque la distribución de la vacuna es ya la herramienta más poderosa de influencia geopolítica que hay en el momento.
