Evaluación democrática

Como todos los mexicanos, quedé sorprendido por los resultados electorales del domingo pasado. Digo que como todos porque creo que ni ganadores ni vencidos pudieron prever el resultado. Son las reglas del juego y hay que respetarlas. En estos días he escuchado mil ...

Como todos los mexicanos, quedé sorprendido por los resultados electorales del domingo pasado. Digo que como todos porque creo que ni ganadores ni vencidos pudieron prever el resultado. Son las reglas del juego y hay que respetarlas. En estos días he escuchado mil teorías de un fraude, pero quien lo dice lo dice con la palabra “siento" que lo hubo, lo cual habla más de un estado de ánimo que de un evento real.

El sistema electoral mexicano tiene un diseño muy inteligente. Las democracias liberales generan obligaciones y responsabilidades que distribuyen en varios agentes. En el caso de nuestro sistema electoral, los funcionarios de casilla son cerca de un millón de ciudadanos que no se conocen entre sí (imposible ponerse de acuerdo) y que tienen funciones bien establecidas de acuerdo con el cargo que desempeñan. De ahí se cuentan los votos, se resumen en una sábana y se publican para que toda persona que quiera tome fotografía o nota y pueda compararlos con los datos de los cómputos electorales. Posteriormente se cotejan frente a los partidos, por lo que es imposible, como lo fue en 2006, que un millón de mexicanos desconectados entre sí se hayan puesto de acuerdo para cometer un fraude.

Lo paradójico de esto es que la mayoría votó por destruir el sistema virtuoso que acabo de describir.

Pasa lo mismo con la división de poderes; es una invención de la democracia liberal para repartir facultades y obligaciones entre varias instituciones tratando de evitar la tiranía. Para llegar a tener sistemas democráticos estables e institucionales tuvieron que pasar diez mil años de historia y miles de guerras civiles con sus muertos en consecuencia. El perfeccionamiento de la democracia liberal llegó en la formación de la República francesa y la creación de Estados Unidos.

Pero parece que la gente se ha acostumbrado tanto al bienestar que estos equilibrios generan que los den por hecho, dejando de identificar puntualmente para qué le sirven. El Poder Judicial mexicano puede tener muchos defectos y, sin duda, como todo sistema, puede ser perfectible. Pero que su sometimiento haya sido parte central de la campaña y que las mayorías hayan votado abrumadoramente por su debilitamiento es impresionante. El INE y el Poder Judicial serán enviados a la hoguera por el voto popular.

Todo bajo el argumento de que cuestan mucho y que hay corrupción (como si no la hubiera en lo demás). Como sucedió con los fondos de ahorro, con los fideicomisos, con los fondos científicos, estas instituciones serán modificadas, reducidas y enviadas a generar más ahorros monetarios que serán destinados a los programas sociales que son motor del esquema electoral del gobierno. Claro que esto nunca alcanza.

La democracia liberal acabada por el ejercicio de la democracia liberal es una lección universal que tendrá sus costos. Desandar lo andado, será cuestión de una o dos generaciones, con un costo social y político muy fuerte.

¿Quedan equilibrios? Sí, la Bolsa y el tipo de cambio dieron señales importantes de que el capital no está de acuerdo con las mayorías mexicanas. El problema de esto, como ha sucedido en otros lados, es que tensa la relación entre los políticos y el dinero, sobre todo con los políticos que no entienden economía o que, entendiéndola, no quieren que el dinero influya en sus acciones políticas. Esperemos que haya prudencia en el nuevo gobierno para entender que el dinero es necesario para generar desarrollo y bienestar. Para ello hay dos temas cruciales en el próximo gobierno, el mantenimiento del T-MEC como eje de nuestro desarrollo y las inversiones en infraestructura que se requieren para aprovechar el nearshoring.

Se equivocan quienes critican a la minoría que perdió por considerarla viviendo en una burbuja o desconectada del resto. Las opciones eran claras, una economía de mercado o una rectoría del Estado, el primer modelo es que ha prevalecido como la mejor opción para el desarrollo y bienestar de los pueblos, la segunda ha medio funcionado por periodos cortos de tiempo, pero, al final, siempre falla. Que lo haya votado la mayoría no quiere decir que sea lo conveniente.

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