En este Día de la Hispanidad, que fue uno de los tres esfuerzos civilizatorios más importantes de la historia de la humanidad, escribiré sobre la situación política de España, por la disolución de las Cortes y un adelanto electoral.
Pues, como siempre, contexto: Pedro Sánchez es un político muy listo, no hay duda de ello, pero mucho de su éxito político y su habilidad a sobrevivir se la debe a su marrullería y falta de escrúpulos en un ambiente donde todavía queda algo de decencia y honorabilidad (ya sé que los españoles me dirán que eso es un fango, pero no saben de verdad lo que es fango).
Después de que Alfredo Pérez Rubalcaba perdiera las elecciones generales de 2014, debido al desastre económico que dejó Rodríguez Zapatero, surgió Pedro como un joven y refrescante líder de la oposición en España. Pero al perder las elecciones generales de 2016, por primera vez en democracia (desde 1978) decide no apoyar la formación de gobierno del candidato ganador Mariano Rajoy. Eso provoca un cisma interno en el PSOE, porque por primera vez se rompía el pacto constitucional (y de caballeros) de permitir gobernar a quien obtuvo más votos. Ante eso, España estuvo un tiempo con un gobierno en funciones, que no electo.
Dentro del PSOE, parte del liderazgo logró quitar a Sánchez, que logró reimponerse como líder del PSOE en junio de 2017, con un intento de fraude interno incluido. Al llegar al liderazgo y siendo Mariano Rajoy presidente de gobierno, la audiencia nacional sentencia como culpable al PP y una serie de líderes de ese partido por corrupción, un tema serio sin duda. Sánchez se moviliza para promover una moción de censura utilizando como aliados a todos los partidos de izquierda e independentistas, tirando a Rajoy de una manera inmerecida y con el objetivo puro del poder.
Al quedar como presidente en funciones, Sánchez inicia la traición histórica del PSOE contra el constitucionalismo y contra las leyes e integridad de España, llamando a elecciones y consiguiendo el apoyo suficiente para formar gobierno. Viene la pandemia y empieza el proceso de perdón (que habría negado como candidato) a los golpistas catalanes y el momento le dio estabilidad, no sin escándalos de corrupción, como la compra de mascarillas, etcétera.
En mayo de 2023 hay elecciones autonómicas y el PSOE pierde estrepitosamente contra el PP y su nueva dirigencia: Alberto Núñez Feijóo, expresidente de la comunidad de Galicia. Sánchez (como ya saben quién) dobla la apuesta y adelanta elecciones de diciembre a julio de 2023. En dichas elecciones gana Núñez Feijóo, pero se queda corto de tres escaños para formar gobierno. Sánchez, vendiendo principios y patria logra los votos para formar gobierno y ahí le tenemos. Es lo que tiene el parlamentarismo, funciona bien con bipartidismo imperfecto, pero es inviable cuando está pulverizado.
El saldo del gobierno de Sánchez hoy es terrible. Sólo buscar en Google los escándalos de Sánchez asusta. Para no aburrir, sólo menciono que tiene a su mujer y hermano imputados por delitos, a dos de sus más cercanos colaboradores en la cárcel por corrupción, después de la invasión marroquí a Ceuta se fue de vacaciones, no ha presentado presupuestos en 8 años y brindó amnistía a los golpistas catalanes de 2017. Todas las encuestas dan mayoría absoluta a la “derecha” española liderada por el PP y, ante esto, de pronto surge una crisis de vivienda. Es cierto, rentar en España, al igual que el precio de compra se ha ido a las nubes. Oferta y demanda.
La razón: Sánchez ha permitido la entrada de entre 3.5 y 5 millones de emigrantes, pero, durante su gobierno sólo se han construido entre 450 mil y 600 mil viviendas. El déficit no incluye a los jóvenes españoles que viven aún con sus padres. Sánchez piensa que puede trasladar políticamente el costo de esto al PP usando a una señora desahuciada que causó mucho furor en prensa y que movilizó a gente de izquierda a la calle.
Sánchez siendo Sánchez, doblando la apuesta y esperando que su falta de escrúpulos lo vuelva a salvar. Veremos.
