El peligroso simplismo

Hay simplismo al redactar leyes y normas que dan espacio a amparos o que contienen preceptos que se contradicen. Nos falta muchísimo análisis para llegar a mejores conclusiones y por ende, a mejores decisiones.

Como lo escribí en 2016, uno de los pecados capitales de nuestra idiosincrasia es el simplismo. El simplista es la persona que simplifica y no tiene una connotación negativa en el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, pero sí en el uso común que la entiende como aquél que simplifica en exceso, sin estudio ni rigor. La presencia del simplismo es inversamente proporcional a la falta de oficio, profesionalismo o de una consideración y análisis profundo de una situación. Lo vemos en todos lados. Deshacerse de expertos técnicos en funciones regulatorias gubernamentales es una medida simplista, porque la vida real no se maneja sólo con la voluntad de hacer las cosas, sino también con razones técnicas.

Hay simplismo en los criterios de la autoridad para decretar algo. Hay simplismo en los legisladores al solicitar a la primera la renuncia de un secretario. Hay simplismo en las redes sociales, hay simplismo en la educación, en todo. Hay simplismo al redactar leyes y normas que dan espacio a amparos o que contienen preceptos que se contradicen. Nos falta muchísimo análisis para llegar a mejores conclusiones y por ende, a mejores decisiones.

Si al simplismo le sumamos la ideología se hace un coctel molotov. En muchos procesos de regulación técnica se escuchan ideas que pueden ser correctas, vistas con el simplismo. Ejemplo: las farmacéuticas mexicanas están haciendo mucho dinero vendiendo medicinas a las instituciones públicas de salud. Idea simplista: quitémoslos de en medio. Realidad: Esas empresas cuentan con los contratos y permisos para distribuir dichos medicamentos y tienen el derecho, como cualquier otra empresa de tener utilidades. Si las utilidades son excesivas, hay que ir con la competencia, pero la idea simplista de crear una nueva cadena de distribución tiene dos efectos negativos que no son pensados o calculados: los enfermos se quedan sin medicinas y los trabajadores de las distribuidoras de medicinas sin trabajo. ¿Quién ganó? La ideología mediante el simplismo.

El problema es cuando el simplismo se aplica como método. Como en el ejemplo anterior, aplicar una medida sin entender todas las posibles consecuencias, por desconocer todas las características de una situación es muy común.

Otro agravante del simplismo en el diagnóstico y en el método es el simplismo en el objetivo. A mí, particularmente, me preocupa mucho ver que el objetivo del gobierno es pacificar al país. Para mí, la pacificación del país es el resultado de la aplicación de la ley, incluida la fuerza del Estado y los procesos judiciales respectivos.

La justicia es el objetivo común de los países decentes y la paz es el efecto de la justicia; no al revés. Es tanto como aceptar que un grupo armado se imponga en una región con tal de que no haya más muertos. Hay paz, pero no hay Estado de derecho.

El simplismo es útil para ganar elecciones en países poco educados. Es muy fácil decir en medios de comunicación que una persona es el candidato “antisistema” y que arreglará todo en cinco minutos. ¿Qué pasa cuando el “antisistema” se convierte en el sistema? Normalmente, se da cuenta que las cosas no son blanco y negro, sino en muchas tonalidades de grises que requieren no una, sino cientos de pequeñas decisiones después del estudio esmerado.

Asumir que una tragedia social como la violencia de género es causa del neoliberalismo, cuando ha sido estudiada por las universidades más importantes del mundo, que ha sido combatida en muchísimos países que la han sufrido, es una simpleza peligrosa, como el propio Presidente lo habrá notado en las reacciones de esta semana. Si eso fuera cierto, los países con peores índices de violencia de género serían Japón, Estados Unidos, Alemania, Inglaterra, etcétera y sabemos que no es así.

Debemos seguir apostando por la creación de instituciones que hagan funcionar a este país esté quien esté y dejar las decisiones técnicas a los técnicos. Como también lo escribí en 2016, es un camino lento, pero es el camino correcto hacia el éxito; la historia nos demuestra que los casos de éxito son en países con instituciones y equilibrios.

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