El concepto del poder
Piense usted cuando vote, está escogiendoa un jefe o a un servidor público.
El problema raíz de los gobiernos y la ciudadanía de México radica en nuestra concepción del poder. El ser humano, como los animales que lo son, vive en colectividad por la capacidad de comunicarse. Sin el habla, el ser humano no hubiera sido capaz de organizarse con la sofisticación que lo hemos hecho en los últimos cincuenta mil años. Contar historias y pasar tradiciones fue esencial para nuestra organización social, porque es en donde se acuerdan las voluntades.
La razón por la cual nos organizamos en grupo es un instinto esencial, el miedo a morir. La idea es que juntos tenemos más capacidad de sobrevivir, que es el éxito evolutivo. Sin embargo, hay un acuerdo tácito de que, al vivir en comunidad, se deben sacrificar instintos y reacciones individuales. Entonces, entre nuestra habilidad para comunicarnos y nuestra capacidad de organizarnos surge el liderazgo y la ley en su formato más esencial.
La sociedad pasa de tener al líder macho alfa a tener reyes, sacerdotes, generales y todo tipo de figuras que son creadas por nosotros mismos. Pero el poder sin balance siempre se desvirtúa. El líder nace para organizar y proteger, que al final es un servicio hacia quienes lidera. Pero la historia nos muestra cómo el poder absoluto cambió al líder y al gobernado generando una concepción equivocada de para qué creamos el poder como forma de organización. Evidentemente, lo que reflexiono con usted, querido lector, no es nuevo y tiene más páginas escritas que nada. Aristóteles lo pensó hace dos mil cuatrocientos años cuando definió las formas e impuras de gobierno, siendo las primeras la democracia, la monarquía y la aristocracia, y su deformación en las impuras que son la demagogia, la tiranía y la oligarquía.
Como intuirá usted, la conversación es permanente. Las formas impuras son la conversión de las puras cuando no hay balances y equilibrios. Los franceses en su Revolución y los americanos con su guerra de independencia lo entendieron bien y crearon documentos y estructuras legales para asegurar el equilibrio en el poder mediante su división y mediante el tiempo en que una persona puede detentarlo. Ambos países tienen los únicos sistemas presidenciales que funcionan.
Los americanos que detentan el poder le llaman servir; no es poca cosa. El participar activamente en gobierno es, en concepción americana, un sacrificio personal para servir a la colectividad. México, siguiendo la tradición hispana de fijarnos en el hombre, más que en los sistemas y las estructuras, copiamos a los americanos en nuestra organización, sin entender que necesitábamos otra medicina. España e Italia ilustran esa corrección en sus destinos gracias a entender, después de miles de años, que la respuesta estaba en el balance y no en la persona. Ambos son regímenes parlamentarios y han evitado Francos o sobrevivido Berlusconis como Estados Unidos sobrevivió a Trump.
Sin embargo, nosotros no estamos ahí. El concepto del poder en México tiene que ver más con la jerarquía que con el servicio a la colectividad. La noción de políticos y gobernados es que los primeros son los jefes del país y no personas que sacrifican tiempo para servir a los demás. Mientras no cambiemos nuestra concepción del poder, no tendremos posibilidad de escoger o exigir lo que deberíamos de nuestros políticos y gobernantes. No están en un estatus superior, están en una organización creada exprofeso por el ser humano para organizarnos mejor en beneficio de la colectividad. Las personas que han detentado el puesto de presidente o gobernador no son los jefes del país o los estados, son los responsables de administrar y proteger a la colectividad.
Por lo anterior, piense usted cuando vote, está escogiendo a un jefe o a un servidor público; sólo con esa claridad del concepto podemos tener mejores representantes como lo han hecho otros países.
