Diplomacia mexicana

La no intervención como principio en un mundo globalizado representa, en mi opinión, tibieza y mediocridad, más que prudencia.

México está lleno de mitos sobre su papel en el exterior. Siempre se habló de las virtudes de la política de no intervención y de la Doctrina Estrada como ejemplos mundiales de la diplomacia más sofisticada. No quiero decir con esto, que no hayamos tenido diplomáticos muy sofisticados y respetados en el mundo entero, pero nuestro peso en el mundo podría ser mayor. Es como el mito que me recordó un admirado tuitero sobre el supuesto segundo lugar del himno mexicano después del francés, que se repite tantas veces sin prueba alguna.

La no intervención como principio en un mundo globalizado representa, en mi opinión, tibieza y mediocridad, más que prudencia. La razón por la que se sostiene ese principio como elemental de la política exterior mexicana, es porque los gobiernos no quieren ser juzgados por otros estados; “Yo no me meto en tus asuntos, tú no te metas en los míos”. Ése es el tema real, porque tenemos muchísimos asuntos que son fácilmente criticables desde afuera.

El segundo complejo que tenemos es si alinearnos con los estadunidenses o no. Los gobiernos mexicanos sienten que pierden mucho cuando nos alineamos con las posturas de Estados Unidos. Nuestros complejos de inferioridad no nos permiten asumirnos como una democracia occidental que debe compartir la mayoría de las posturas que Estados Unidos o Francia tienen sobre temas universales como lo son los derechos humanos.

El problema, como siempre en México, es que la coyuntura se impone al largo plazo. Hoy tenemos un gobierno donde el Presidente y el secretario de Relaciones Exteriores tienen una estrategia diplomática distinta. Estamos llenos de lugares comunes y frases vacías que no tienen un objetivo real dentro de los intereses nacionales. Si de por sí, hemos tenido una confusión histórica entre principios e ideales contra intereses, que nos ha salido carísimo, hoy no hay ni para dónde ir.

México no puede pelearse con sus aliados ni con sus mayores inversionistas, es ir en contra de los intereses para defender ideas viejas y no actualizadas de la realidad global. Defender a Rusia no es defender a la izquierda, pero tomar la postura de Estados Unidos, Francia o Reino Unido frente a la invasión de Ucrania sí es defender la libertad, la democracia y el Estado de derecho. Difícilmente habrá un asunto internacional con la relevancia de Ucrania, donde sea tan evidente la injusticia de un ejército más poderoso tomando un país pacífico para controlar su régimen y destino. Sin embargo, varios países latinoamericanos no han podido tomar una postura correcta y congruente con los principios universales. ¿Cuál es la razón?

Pueden ser varias, empezando por gobiernos que hayan recibido aportaciones o ayudas desde Rusia para llegar al poder (si lo hicieron en Estados Unidos, usted imagínese), por inversiones y créditos otorgados a ciertos países o porque nuestra confundida y trasnochada izquierda no sabe distinguir entre URSS, Rusia, El Che, el fascismo, el comunismo de los 70 y el mundo globalizado de 2022.

En todo caso, las posturas no quedarán exentas del juicio de la historia ni de repercusiones con nuestros socios occidentales, que no dan crédito de lo que se hace y dice desde el Estado mexicano.

El prestigio diplomático mexicano, el real y el mito, han muerto.

Biden en Polonia

El mundo tiene suerte de que Biden sea presidente de Estados Unidos y no lo sea Trump. Seguramente éste fue un fallo en la estrategia rusa que lleva desde 2014. Rusia ha fortalecido y unido a sus enemigos, es la vitamina que necesitaban. El discurso de hace dos días en Varsovia nos deja un mensaje, la lucha será larga. Espero que el liberalismo y sus democracias entiendan, dentro de todas las lecciones, que el bienestar no se debe de dar por hecho y que tiene que comunicarse diligentemente para que la gente entienda que lo puede perder.

llomadrid@gmail.com

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