América del Norte
• No hemos tomado más ventajas del libre comercio con Norteamérica porque no hemos querido o podido establecer una estrategia.
Esta diabólica columna regresa de unas vacaciones necesarias, gracias por la paciencia, queridos lectores. Al volver a México me he encontrado con que, después de muchos avisos, los gobiernos americano y canadiense iniciaron consultas oficialmente respecto a la política energética del gobierno mexicano.
La geografía define los destinos de los países. Si usted ha leído mis columnas, sabrá que soy un fanático de la geopolítica y también un férreo defensor de nuestro norteamericanismo, que es menos querido que nuestro latinoamericanismo por la gente que tiene la vocación tercermundista. México es las dos cosas, y sabiendo usar nuestra posición geográfica, con estrategia e inteligencia, podríamos ser una potencia mundial, pero no lo somos porque negamos nuestra posición geográfica en beneficio del romanticismo idealista de ser latinoamericanos; les llamamos hermanos aun y cuando hay más coincidencias entre un mexicano del Bajío con un texano de San Antonio que con un porteño de Buenos Aires.
En los años noventa, durante la presidencia de Carlos Salinas de Gortari, éste tomó una de las decisiones estratégicas más relevantes para el futuro de México, al proponer el Tratado de Libre Comercio de Norte América. Por fin se usaba estratégicamente nuestra posición geográfica en beneficio de nuestros intereses.
Si el país hoy se sostiene económicamente es por la potencia de nuestras exportaciones hacia el norte. La inercia de la geografía ha definido nuestro desarrollo. Del Bajío hasta la frontera norte se han invertido muchos miles de millones de dólares, cambiando la actividad económica de estados completos, como el caso de Guanajuato, que pasó de ser un estado agrícola a un estado de manufactura y exportación.
No hemos tomado más ventajas del libre comercio con Norteamérica porque no hemos querido o podido establecer una estrategia de mayor integración, como ha pasado en otras partes del mundo. Sin embargo, la mitad del país reniega la esencia norteamericana de México y prefiere vernos como cabeza de ratón, promoviendo el latinoamericanismo como contraposición de nuestros intereses. El eterno conflicto de intereses y principios.
Es así como llegamos al final de la negociación del USMCA, que fue salvado gracias al profesionalismo e inteligencia de Ildefonso Guajardo y su equipo. Al final de dichas negociaciones, había un Presidente electo y, por lo tanto, hábilmente Guajardo incorporó a la negociación al enviado del Presidente electo, quien incluyó el capítulo Octavo, origen de la errónea idea del gobierno de que puede cambiar la política energética libremente.
Los acuerdos comerciales son documentos muy sofisticados y complejos que conectan obligaciones y derechos de manera transversal, por lo que no se puede tener una cláusula “paraguas” que dé el derecho de modificar todas esas obligaciones de un solo tiro. Quizás en nuestro formalista sistema jurídico mexicano una cláusula así pueda confundir a un juez de primera instancia, pero en sistemas jurídicos internacionales y, de buen nivel, las intenciones cuentan tanto como lo que está escrito. La firma y ratificación del USMCA por el Estado mexicano es la prueba madre.
La reforma energética de 2013 fue muy relevante por permitir la participación de entidades privadas en la explotación y generación de insumos y energía. Con ello, las empresas estatales que han sido históricamente poco competitivas reducían su actividad mientras que las personas y las empresas se beneficiaban de precios más competitivos en la virtud del mercado. Pero los guardianes del nacionalismo regresaron al poder y han intentado cambiar leyes, la Constitución y negar permisos cambiando, de facto, la política energética que no pudieron restablecer por la vía legislativa.
Confundir bienestar, competitividad, viabilidad, productividad, que son beneficios tangibles del mercado en cualquier parte del mundo, con traicionar a la patria es un despropósito. La gente no puede comer soberanía (lo que sea que eso signifique), pero puede mejorar sus condiciones de vida con trabajo y energías baratas y limpias. El bienestar de la población debería ser el objetivo del gobierno y no la idea de soberanía que tienen los libros de la SEP y que sólo ha traído pérdidas a lo largo de los años.
