Es una guerra

Lo ocurrido en Barcelona, en Niza, en París y en otros lugares de Occidente es el síntoma de una guerra no reconocida por la cultura occidental. Y no es reconocida por varias razones, la primera, porque los ataques terroristas se dan de tiempo en tiempo y pulverizan su impacto. La segunda, porque América, el continente, es ajeno (¿todavía?) y menos vulnerable a estos ataques; y una tercera es que nuestro propio régimen de libertades conflictúa con lo que es un acto de guerra. Aclaro, como occidentales nos vamos a explicar los ataques terroristas tratando de buscar una causalidad racional a algo que no lo es. Que si son jóvenes marginados, que si hay falta de oportunidades, que viven 
en sociedades racistas, etcétera.
 

Como lo ha puntualizado Arturo Pérez Reverte en varios artículos, y con más vehemencia que nadie, ellos llevan las de ganar porque lo tienen más claro, para ellos es una guerra y en Occidente no decidimos aún si es un conflicto social o un fenómeno cultural. A veces deberíamos volver a razonamientos más simples para explicarnos algunos temas. En este caso, esto es parte de una guerra de civilizaciones que en el caso de Europa lleva cinco mil años.

La gran debilidad occidental y, probablemente en el caso de Europa sea más acentuada, es que nuestro propio esfuerzo histórico civilizatorio y el régimen de libertades que hemos creado como modelo de sociedad no nos permite atacar ni defendernos de los enemigos; tanto así, que les hemos dado pasaporte y les damos las facilidades para atacarnos usando nuestras propias libertades. ¿Cómo luchamos contra eso cuando ni siquiera lo tenemos claro?

En América nos solidarizamos con Europa, pero vemos lejanos los ataques. No calibramos adecuadamente que un ataque en París es un ataque a nuestra forma de vida. Que somos de Occidente y que somos resultado del esfuerzo colonizador y civilizatorio europeo. Cuando atacan a España, nos atacan a nosotros. Que el fundamentalismo del Islam es inconsistente con la idea de igualdad y libertad que nos hemos dado en Occidente; no cabemos en el mismo lugar, ellos lo entienden, nosotros lo estamos pensando.

Occidente debe hacer un esfuerzo común contra el terrorismo islámico, empezando por reconocer lo que es: una guerra de civilizaciones, en la que tenemos al enemigo infiltrado. Nuestra falta de decisión al diagnosticar el problema nos hace más débiles. La falta de proactividad estratégica para lidiar en esta guerra de civilizaciones nos va a costar caro, como ya le está costando a Europa. Tenemos que identificar a los enemigos y combatirlos, a veces la decisión es simple.

LA CASA BLANCA

El país creador de la institucionalidad moderna está metido en un lío gordo. No hay precedentes para comparar la rotación que ha habido en los puestos más importantes dentro del centro de poder del mundo, la Casa Blanca. La institucionalidad ha garantizado la estabilidad de Estados Unidos como potencia histórica, la latinoamericanización de Pensilvania número 1600, no es esa “movida” que el electorado americano esperaba de Trump a Washington. No tiene pinta de que esto vaya a acabar bien, el problema ahora es esperar cuáles serán los daños hasta que se acabe. En ese sentido, dudo en qué será lo mejor para la negociación del TLCAN, si arreglarnos de la mejor manera con lo que hay o alargar las negociaciones apostando a cambios profundos en la estructura gubernamental de EU. Por lo pronto, Bannon, autor intelectual de mucha de la retórica de Trump y de Palin, ha salido; el general Kelly está tratando de poner orden y hasta ahora se impone. El reto mayor será disciplinar al jefe, eso se ve casi imposible.

FRENTE

El PAN y el PRD deberían sentarse a precisar rápido que la única manera de desmarcar los egos de ambos partidos para definir proyecto y candidatos es mediante la despartidización de las decisiones más importantes del Frente. Los independientes son la única manera de resolver la disputa por las candidaturas más importantes. Esto debería ser lo primero, junto con puntos de coincidencia en el proyecto.

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