Entre ambas aguas

Algunas de las decisiones del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas como jefe de Gobierno del Distrito Federal fueron incomprensibles. En mayo de 1998 se designó subsecretario de Seguridad Pública a Héctor Ricardo Careaga Entrambasaguas, quien había sido laureado por su participación en el Batallón Olimpia la noche del 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco.

Una designación inexplicable, fuera el que fuera el partido gobernante, resultaba aún más sorprendente estando en el gobierno el PRD, cuyas filas se nutrían de manera importante de participantes del movimiento estudiantil de ese año. Aquella noche, los integrantes del Batallón Olimpia dispararon contra la multitud reunida pacíficamente causando decenas de muertes.

Varios diputados de la Asamblea Legislativa protestaron por el nombramiento, entre ellos incluso el legislador perredista Armando Salinas Torre, quien declaró que era incongruente que funcionarios que en el pasado fueron reprimidos en Tlatelolco ofrecieran empleo a quienes los reprimieron.

Uno de los principales líderes del movimiento de 1968, Luis González de Alba, escribió en La Crónica de 12 de mayo de 1998: “Héctor Ricardo Careaga Entrambasaguas navega, como su nombre lo indica, entrambas aguas: el gobierno cardenista del Distrito Federal y su responsabilidad en la balacera del 2 de octubre de 1968. ¿O son las mismas aguas, tibias y revueltas, donde entra todo tipo de escoria, siempre y cuando se declare antipriista?... Careaga Entrambasaguas reconoce haber formado parte del Batallón Olimpia, al que muchos vimos iniciar la balacera desde el tercer piso del edificio Chihuahua… Parapetados tras el barandal de concreto del edificio, dispararon sobre la gente y sobre el Ejército regular que ya rodeaba la plaza y que respondió al fuego.

“Careaga debe su puesto en el gobierno perredista, según sus palabras a La Crónica —agregó González de Alba—, a Samuel del Villar, quien fue su jefe cuando formó parte de los asesores del presidente Miguel de la Madrid. Hoy Del Villar es procurador de justicia en el gobierno de Cuauhtémoc Cárdenas. Comenzó Del Villar su gestión reivindicando a jefes policiacos echados por exceso de corrupción en la época de la gran corrupción del Negro Durazo. Ahora pone la seguridad en las pistolas del Batallón Olimpia. No es novedad. Es solamente el colmo de una línea política constante en Cuauhtémoc Cárdenas: todo es posible en el rencor y la banalidad de pensamiento que lo caracteriza”.

En mi calidad de presidente de la Comisión de Derechos Humanos capitalina fui a ver al ingeniero Cárdenas, quien me recibió puntualmente. En el tono más amable que me fue posible le dije que la designación de Careaga Entrambasaguas me parecía inverosímil, un error que debía corregirse cuanto antes; que muchos de quienes habían participado en el movimiento de 1968 y eran sus simpatizantes se sentían desconcertados y ofendidos; que seguramente para la designación se tomó en cuenta que se trataba —yo no lo sabía— de un buen policía, pero que su participación en el Batallón Olimpia la noche aciaga del 2 de octubre hacía desaconsejable su incorporación al gobierno.

El ingeniero Cárdenas me escuchaba impertérrito, sin mover un solo músculo de la cara, sin asentir ni negar con la cabeza, sin expresión de molestia o contrariedad y, en fin, sin el más mínimo gesto que pudiera revelar el efecto anímico que le producían mis comentarios. Yo ya le había expuesto todo lo que tenía que decirle sobre el caso. Así que lo interrogué con la mirada, sólo con la mirada, y tras un eterno silencio de algunos segundos, con el mismo rostro insondable, me dijo:

—Lo registro, doctor. Gracias.

Tras pronunciar esas palabras, el jefe de Gobierno inmediatamente se levantó y me extendió la mano.

La Comisión de Derechos Humanos hizo pública su protesta por el nombramiento a la mañana siguiente.

Días después, sin aludir a los motivos, el gobierno de la ciudad dio a conocer la renuncia de Careaga Entrambasaguas.

(Este texto es una transcripción, levemente reducida y modificada, de un capítulo de mi libro El corazón del ombudsman, Aguilar, 2002).