Durante tres semanas, México no sólo fue un receptáculo de euforia y competencia gracias al Mundial, sino también un laboratorio vivo en materia de manejo de desechos y residuos urbanos sólidos derivado de las zonas habilitadas para la fiesta en Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara.
En los cinco encuentros de la Selección Nacional —cuatro ganados y el quinto perdido—, la gente celebró y consumió a más no poder, a lo cual se sumaron los enfrentamientos entre las otras escuadras que generaron gran asistencia a los estadios.
No sólo eso. Hay que tomar en cuenta los residuos de aquellos negocios establecidos de hospedaje y de alimentos y bebidas, así como los que no cuentan con un permiso para operar: puestos callejeros.
Así, cientos de miles de personas tomaron calles y avenidas emblemáticas al llenarse de pantallas gigantes para ver a la selección; ese mar de gente, para pasarla bien, compró millares de refrescos y cervezas (latas y envases de vidrio no retornable), vino y otro tipo de bebidas alcohólicas (vidrio), vasos desechables y comida empaquetada en diversos tipos de envolturas y materiales (cartón, plástico y unicel). También hubo otros desechos, como bolsas de “plástico biodegradable”, textiles y calzado, entre otros artículos inimaginables que, al final, se convirtieron en montañas de basura.
Residuos y desechos sólidos que no pueden esconderse debajo de ningún tapete.
Tan sólo por la justa entre México y Ecuador, alrededor de 1.4 millones de personas en la CDMX dejaron las calles ahogadas por 40 toneladas de basura. Las cuadrillas de limpieza trabajaron casi 20 horas recogiendo lo que otros tiraron, y eso que las autoridades colocaron cientos de contenedores más en puntos estratégicos.
Detrás de cada vaso, lata, envoltura, botella, bolsa y textil, entre otros materiales, hay extracción de materias primas, consumo de agua, de energía, transporte (movido en su mayoría por combustibles fósiles; otro tanto, el menos, de última milla con energía limpia) y emisiones de gases de efecto invernadero.
Cuando todo eso termina en los tiraderos a cielo abierto y, en el mejor de los casos, en rellenos sanitarios (que se encuentran al límite de sus capacidades), se pierde el valor económico de los recursos que aún podrían seguir en circulación.
Sí, porque el país sigue operando bajo una lógica lineal, la de extraer, producir, consumir y desechar.
El Diagnóstico Básico para la Gestión Integral de los Residuos 2026, elaborado por la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales, confirma la dimensión del desafío.
Nuestro país genera cada día, por persona, 1,076 kilogramos de residuos urbanos sólidos, el total diario es de 139 mil 902 toneladas, de esta cifra, 36.26% es susceptible de aprovechamiento, 40.15% de origen orgánico y 23.59% es de otros residuos. México produce un mundo de basura y, como vimos, una proporción importante es de materiales potencialmente reciclables, como papel, cartón, vidrio, metales, plástico y residuos orgánicos (para composta, abonos orgánicos, biogás y conversión de residuos alimentarios en materiales textiles o envases). Sin embargo, el aprovechamiento es reducido y la mayor parte termina siendo sólo basura que contamina aire, tierra y agua, además, impacta la salud de las personas.
Hay varios factores a tomar en cuenta para hacerle frente a los residuos y su gestión, porque éstos están por todas partes. Así, uno de los factores es la urgencia de que las empresas asuman la responsabilidad extendida del productor, haciéndose cargo del destino final de los envases que comercializan, ya sea en supermercados y tiendas minoristas, o durante fiestas masivas. Y no, no es pensar en eventos multitudinarios sostenibles.
Hablar de eventos sostenibles es una contradicción. Para Alberto Gómez, fundador y CEO de Eventsost, este término ha generado una trampa narrativa que encasilla la sostenibilidad como una tipología de evento “new age” o “verde”, cuando la realidad es mucho más cruda, cualquier acción humana tiene un impacto.
“Ningún evento es 100% sostenible”, sentencia con la contundencia de quien lleva años analizando la huella ambiental. Se debe hablar de hacer eventos “cada vez más sostenibles”.
Afirma que el problema de los residuos urbanos no son las personas, ni siquiera los eventos multitudinarios —como los festejos del Mundial o conciertos—, el verdadero enemigo es el modelo económico, que obliga a la generación de basura.
“El reciclaje es la coartada de un sistema productivo basado en el beneficio rápido”, dice en entrevista.
La comodidad de los envases de un solo uso, indica, sustituyó una lógica antigua —cuando lo retornable era la norma— por un flujo interminable de desechos que hoy satura los vertederos.
Para cambiar esta realidad, especialmente en los eventos masivos, que convocan cientos de miles de personas, explica Gómez, la solución no pasa por la buena voluntad de los asistentes, sino por la presión regulatoria y una conciencia profunda de los organizadores.
El reto es mayúsculo.
En España, explica, la legislación prohíbe determinados plásticos de un solo uso en eventos multitudinarios. Los organizadores deben presentar memorias ambientales, medir impactos y justificar cómo reducirán residuos, consumo energético y emisiones. Los vasos reutilizables sujetos a un sistema de depósito se han convertido en una práctica habitual en festivales y conciertos, mientras los materiales compostables sustituyen buena parte de los utensilios desechables.
México avanza con lentitud. La Ley General de Economía Circular abrió un nuevo marco jurídico, pero su implementación y reglamentación continúan incompletas. En consecuencia, buena parte del esfuerzo institucional sigue concentrándose en limpiar después, en lugar de prevenir antes. Y la sociedad sigue consumiendo y desechando sin pensar.
