Senado mexicano, degradado

Con un trabajo constante de diferentes generaciones de senadores desde 1984, cuando Porfirio Muñoz Ledo, senador, se puso de pie para interpelar al presidente Miguel de la Madrid en un informe de gobierno, hasta 2018, el Senado logró hacer que la población volteara a verlo

El Senado de la República está a 39 días de que concluyan los trabajos ordinarios de la LXV Legislatura y a cinco meses de cerrar seis años de una dinámica de trabajo interno que lo ha llevado a instaurar récords: el que más acciones de inconstitucionalidad promovieron sus minorías legislativas, el que más fue denunciado ante juzgados por omisiones, el que más instituciones le han ordenado ponerse a trabajar y el que convirtió su pleno en una plaza pública.

Escenario de debates intensos para concebir el perfil de la nación mexicana, desde las decisiones de si debía ser centralista o federalista; si debía tener equilibrio de poderes o mantenerse con un gobernante todopoderoso; si debía regularse la libertad de expresión; si debía condenarse de frente a los líderes revolucionarios que mataban a sus adversarios; si debía complacer o no a Estados Unidos; si debía homologarse la concepción de soberanía nacional y si la revolución debía transitar a la era de las instituciones, el pleno del Senado es, en 2024, un espacio donde una mujer le dice a otra: “Tamalera”, “puta”, “arrabalera”, “piruja”, sin que exista intención alguna de corregir.

El Senado mexicano fue ignorado durante la mayor parte de su historia, porque justamente las concepciones de la nación que debía ser México llevó a los legisladores a primero decidir por un sistema legislativo bicameral, pero luego optar por uno unicameral, en el que sólo quedó la Cámara de Diputados y al Senado se le cerró, porque era un espacio de élites, pero que después don Sebastián Lerdo de Tejada decidió restaurarlo, porque no era posible que una sola Cámara tuviera el dominio Legislativo sin que hubiera quién fuera su contrapeso.

A pesar que en sus escaños estuvieron hombres que hicieron historia en el país, como Venustiano Carranza, sólo por citar a uno, el Senado siempre fue menos llamativo para la tarea legislativa; la Cámara de Diputados siempre acaparó la atención nacional, como efecto de esa herencia de preponderancia como los verdaderos representantes del pueblo, pero también porque sus debates eran conceptuales.

Revisar el Diario de los Debates es una experiencia enriquecedora para conocer el pensamiento de los hombres que le dieron forma. En 1882, por ejemplo, el debate que dieron cuatro senadores contra la mayoría porfirista para impedir que se estableciera que los juzgados comunes podían conocer de los “delitos de imprenta”, a fin de evitar la persecución de periodistas, es tan enriquecedor, como lo es el debate protagonizado por los delahuertistas contra los obregonistas que les enviaban hasta mensajes de muerte para que cedieran a aprobar los acuerdos de Bucareli.

Pero también son enriquecedores los debates que dieron los senadores para instaurar el primer sistema contra la corrupción propuesto por Miguel de la Madrid, para determinar hasta dónde la Federación y hasta dónde los estados, o el debate de los senadores sobre la protección de los derechos humanos, cuyo marco constitucional mereció un premio internacional.

  • Hasta las 24 horas seguidas de debate sobre la reforma energética en el gobierno de Enrique Peña tiene piezas de oratoria memorables.

Esas lecturas del pasado dimensionan el deterioro que vive hoy el pleno del Senado, pero también se convierten en una esperanza de que éste sólo sea un periodo oscuro del que podrá salir.

Con un trabajo constante de diferentes generaciones de senadores desde 1984, cuando Porfirio Muñoz Ledo, senador, se puso de pie para interpelar al presidente Miguel de la Madrid en un informe de gobierno, hasta 2018, el Senado logró hacer que la población volteara a verlo; que lo conociera y que se metiera a sus entrañas, al grado que hoy es tan conocido como la Cámara de Diputados.

Pero hoy los ojos de la población ven a senadoras de Morena que arremeten contra las panistas y las panistas que arremeten contra las morenistas; diatriba que no merece México.

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