Con los múltiples escándalos de corrupción y su presunto involucramiento con el crimen organizado, a la 4T se le acabó la superioridad moral que tanto presumían.
“Nosotros no somos iguales”, repetía el entonces presidente López Obrador hasta el cansancio. A Sheinbaum ya no la escuchamos decir lo mismo.
La 4T ahora lo ha sustituido por “ellos hacían lo mismo”.
Cuando tienen que salir a defender lo indefendible, por ejemplo, al gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, los morenistas y comentaristas cercanos a la 4T inmediatamente nos recuerdan a Genaro García Luna en el sexenio de Calderón o al gobernador de Michoacán, Fausto Vallejo, en el de Peña. Como si el hecho de que en gobiernos anteriores se hubiesen dado este tipo de casos los eximiera de la responsabilidad actual de haberse aliado con grupos del crimen organizado.
¿No había prometido Morena y su líder fundador ser diferentes del pasado?
¿No era una de sus banderas el purificar la vida pública del país?
Si uno les recuerda esto, recurren al mismo argumento de equipararse con los gobernantes anteriores a ellos: de inmediato replican que todos los políticos prometen cosas para llegar al poder que luego incumplen.
Cuando se invoca al argumento de “ellos hacían lo mismo” en realidad están confesando que el cambio prometido simple y sencillamente no ocurrió.
La supuesta Cuarta Transformación de la República acabó siendo una quimera.
Es decir, nos engañaron. O, para ser más precisos, les mintieron a todos los que se creyeron este cuento.
Hubo otros, no pocos, que nunca les dimos el beneficio de la duda.
En mi caso particular, todo ese discurso de una gran transformación histórica con aires de superioridad moral siempre me pareció un embuste.
Yo nunca me creí el cuento de López Obrador y así lo escribí en innumerables ocasiones durante varios lustros. No veía en él a alguien diferente, sino a un político profesional muy mañoso con un gran genio comunicativo.
Hoy, a la distancia, nos vamos enterando, poco a poco, de las historias de corrupción durante su gobierno y, lo peor de todo, de la alianza de su movimiento con el crimen organizado.
AMLO construyó una narrativa muy convincente, maniquea y fácil de entender. En México había malos (una minoría neoliberal corrupta) que tenían postrados a los buenos (la mayoría del pueblo honesto). Para solucionar todos los problemas del país, era tan sencillo como echarlos del poder y que llegara él, la mismísima encarnación del pueblo, a salvarnos.
El tabasqueño generaba confianza porque se trasladaba en un cochecito modesto, hablaba con simpleza, traía doscientos pesos en la cartera y comía en changarritos. Se proyectaba como un hombre honesto y cercano al pueblo, lo cual era consistente con su narrativa.
En su genio comunicativo, AMLO apelaba a las emociones del electorado. Generaba orgullo nacional, esperanza en el futuro, enojo por la corrupción e indignación del racismo y clasismo de las clases adineradas. Tenía una gran capacidad de conectar con la gente.
Ni qué decir de cómo simplificaba los problemas complejos. Las políticas públicas suelen ser técnicas y difíciles de explicar. AMLO, en cambio, persuadía de que podía traer un gran cambio en el país porque, por ejemplo, extraer petróleo no tenía ninguna ciencia, sólo consistía en hacer un agujero en la tierra para sacar el hidrocarburo.
En fin, que el líder fundador de Morena logró combinar credibilidad con una narrativa clara, conexión emocional e identitaria y percepción de competencia.
Lo que no logró es transformar al país.
Sí, es cierto, sacó a millones de mexicanos de la pobreza. No es poca cosa. Pero dejó finanzas públicas precarias que difícilmente podrán sostenerse en el futuro. Ni qué decir del desmantelamiento de las instituciones democráticas y la persistencia de la corrupción endémica en México, ahora combinada con una mayor penetración del crimen organizado en el Estado.
Los defensores de esta movimiento actualmente argumentan que los gobernantes del pasado hacían lo mismo. Pues sí, pero ellos prometieron que serían diferentes y, además, resulta que acabaron siendo más autoritarios, corruptos e ineptos. Por no mencionar que se metieron la cama con el crimen organizado mucho más que los del pasado, al punto de que hoy hay territorios completos del país gobernados por los delincuentes y que, por lo mismo, la relación bilateral con Estados Unidos está en uno de sus peores momentos de la historia contemporánea.
Patético que recurran al “ellos hacían lo mismo” como si eso fuera una buena explicación de por qué no pudieron ser diferentes.
X: @leozuckermann
