Las últimas semanas han sido frenéticas en el rally emprendido por el presidente Donald Trump para movilizar a los seguidores del MAGA y el ala más conservadora del Partido Republicano, pero ni así logra convencer a los estadunidenses de que pueden vivir mejor. Ya no le alcanza la retórica de que “ya mero” llega la era dorada de prosperidad sin fin y todos serán millonarios en el Edén.
En esta gira discute con periodistas, desacredita encuestas, acusa a los “adversarios” de conspirar contra Estados Unidos y encuentra enemigos en los migrantes y, sobre todo, en los comunistas.
Faltan sólo tres semanas para las elecciones intermedias y los números siguen mostrando el desplome de su popularidad. Tremenda contradicción frente a un presidente que llegó al poder gracias al enojo económico de los votantes.
Trump conoce el poder político del resentimiento económico y hoy le juega en contra. Como buen populista, había prometido recuperar los empleos, proteger las industrias y devolver la prosperidad que fue arrebatada por “los de afuera”. En contraste, hoy millones de familias viven endeudadas, con crisis de vivienda y sin capacidad de ahorro. En eso se convirtió el sueño americano.
SIN MARGEN DE ACCIÓN
En un escenario hipotético, en el que la guerra con Irán terminara ahora mismo, la recuperación económica no se vería hasta 2027. La normalización de los mercados energéticos, las cadenas de suministro, inventarios y costos de transporte serían perceptibles hasta dentro de unos meses, no le queda margen de acción en esa materia antes del 3 de noviembre.
Como la economía no genera ningún entusiasmo electoral, la retórica trumpiana busca otro lugar conocido: los enemigos. El comunismo vuelve a aparecer como amenaza existencial, encarnada en hordas de demócratas expropiando la propiedad privada y las libertades, listos para destruir al país.
Trump sabe que una de las mejores herramientas políticas es buscar culpables a los miedos de los ciudadanos; es un experto en la materia y la historia de Estados Unidos (y la humanidad) está marcada por ese mecanismo.
Durante la esclavitud, el temor a las rebeliones de la población negra sirvió para justificar castigos y represión. Después, el miedo a perder la supremacía blanca alimentó la violencia racial. También se temía a las mujeres y se invocaba la destrucción del núcleo familiar y el desorden social. En la Guerra Fría se sofisticó la construcción del enemigo y fueron los comunistas infiltrados. Después del 11 de septiembre, el miedo al terrorismo alimentó la vigilancia, el espionaje, las restricciones y la discriminación contra comunidades árabes y musulmanas. La religión y el origen se convirtieron en una amenaza a la seguridad nacional.
¿Hoy? Tenemos a los migrantes. La inmigración como una invasión de delincuentes que comen mascotas en las ciudades gobernadas por los demócratas. Diferentes personajes, mismo mecanismo: miedo al otro.
Generación tras generación encontramos a quien culpar y la élite política logra convencer a las mayorías con explicaciones simplonas que generan adeptos. Se desvía la indignación hacia los sectores más vulnerables que difícilmente podrían defenderse.
¿Podrá más el miedo a las amenazas existenciales o el malestar económico? Veremos.
