Hay debates científicos que parecen semánticos o la aburrida confrontación de tecnicismos entre especialistas, hasta que uno comprende que las palabras también diagnostican, orientan tratamientos, definen políticas públicas y moldean la manera en que millones de personas entienden su propia enfermedad.
Eso ocurre con el síndrome de ovario poliquístico (SOP), una de las enfermedades endocrinas más frecuentes en mujeres en edad reproductiva. Se estima que afecta a entre 8 y 13% de ellas en el mundo y hasta 70% permanece sin diagnóstico. Detrás de esas cifras hay mujeres que durante años enfrentan infertilidad, alteraciones menstruales, hiperandrogenismo, obesidad, resistencia a la insulina, ansiedad, depresión y un mayor riesgo de diabetes tipo 2 y enfermedad cardiovascular.
Paradójicamente, muchas de ellas nunca desarrollan ovarios “poliquísticos”. Desde hace décadas los especialistas reconocen que el nombre resulta insuficiente para describir una enfermedad mucho más compleja y sistémica.
Un grupo internacional encabezado por la investigadora australiana Helena Teede propuso recientemente, en The Lancet –considerada desde hace casi dos siglos una de las publicaciones médicas de mayor autoridad científica en el mundo– abandonar el término SOP y sustituirlo por síndrome de ovario poliendocrino metabólico, buscando reflejar mejor su naturaleza endocrina y metabólica. La propuesta parece razonable.
Hace unos días apareció, también en The Lancet, una correspondencia firmada por el ginecólogo mexicano Jorge Michel y colaboradores de México, Colombia y España. Más que rechazar el cambio, hacen algo que constituye la esencia del método científico: cuestionarlo. Reconocen el enorme trabajo detrás del consenso internacional, pero argumentan que el nuevo nombre tampoco captura la extraordinaria heterogeneidad biológica de la enfermedad.
Señalan que el término “poliendocrino” sigue siendo impreciso; que “metabólico” puede sobredimensionar una manifestación que no está presente en todas las pacientes y que “ovario” continúa reduciendo a un solo órgano una enfermedad claramente sistémica. Además, recuerdan que el hiperandrogenismo, probablemente su característica más consistente, queda sorprendentemente relegado.
Su observación más interesante, sin embargo, trasciende la medicina. ¿Cómo puede llamarse “consenso global” a un proceso en el que los cuestionarios ni siquiera fueron traducidos al español, la segunda lengua materna más hablada del planeta? Esa ausencia limita la representación latinoamericana, precisamente en una enfermedad cuya prevalencia en nuestra región es elevada.
Más allá de si el nombre finalmente cambia o no, la publicación de esta carta representa un motivo de orgullo para la ciencia mexicana. Me explico.
Publicar una correspondence en The Lancet no equivale simplemente a enviar una opinión. Significa que una de las revistas médicas más influyentes del mundo consideró que ese argumento merece incorporarse al debate científico internacional. Es participar en la conversación donde se construyen las futuras guías clínicas, los consensos y, eventualmente, la forma en que millones de pacientes serán diagnosticadas y tratadas.
Durante mucho tiempo hemos celebrado cuando investigadores mexicanos publican grandes ensayos clínicos. Tal vez también deberíamos celebrar cuando un médico mexicano demuestra que la ciencia avanza gracias a quienes se atreven a cuestionar, con evidencia y rigor, incluso las mejores intenciones.
Aplausos para los profesionales de la salud que deciden ser voz de sus pacientes y le recuerdan a la comunidad científica internacional que de este lado del mundo tenemos mucho que aportar y millones de pacientes que deben ser escuchados.
En medicina cambiar un nombre nunca es sólo cambiar una palabra. Es decidir quién está representado cuando la ciencia escribe la historia.
