En los últimos días de diciembre tuve el privilegio de visitar por primera vez el país nipón y, además de maravillarme con su cultura, los impresionantes paisajes y esa combinación presente siempre de modernidad y tradiciones milenarias, no podía dejar pasar la oportunidad de entender su modelo de salud y hacer comparaciones que, lejos de ser odiosas, en realidad nos permiten aprender y entender por qué cada país tiene indicadores tan diferentes.
Aunque el número de habitantes de Japón —unos 123 millones de personas— es menor que México, su densidad geográfica es mayor: 327 hab./km², mientras en nuestro país es de 66 hab./km². Esto implica una rigurosa planeación urbana, optimización de espacios y sistemas de sanidad muy funcionales.
Ahora bien, aunque ambas capitales son megaciudades, Tokio, con más de 37 millones de habitantes, es significativamente más grande que la CDMX, que ronda los 22 millones en su zona metropolitana. Así que hace sentido cambiar la muy descolorida comparación con Dinamarca para compararnos ahora con Japón. En materia de salud pública, no sólo Japón es sinónimo de longevidad sana. Los datos sugieren que la salud no es un “milagro cultural”, sino un sistema que se diseña y se gestiona con una mirada de largo plazo.
Empecemos por lo básico. En 2023, la esperanza de vida al nacer en Japón rondó los 84 años, en México, cerca de 75. Esa brecha no es un detalle estadístico: son años de productividad, autonomía y vida familiar. Los indicadores de inicio de vida también contrastan. La mortalidad infantil en 2023 fue de 1.8 por cada mil nacidos vivos en Japón, frente a 10.8 en México. Y en mortalidad materna, Japón registró alrededor de 3 muertes por cada 100 mil (2023); México se ubicó en cerca de 42.
Respecto de los factores de riesgo, el espejo es incómodo. En obesidad adulta (IMC ≥30), Japón está cerca de 7.6%, México ronda 32.2 por ciento. Ahora bien, es difícil pedirle al sistema de salud mexicano que mejore cuando el entorno alimentario y urbano empuja en sentido contrario y a mayor velocidad que las estrategias de salud pública. Por ejemplo, es grande el contraste del tipo de alimentos y los niveles de azúcar. En los trenes es común ver a los japoneses consumir fast food de proteínas sanas —mayoritariamente pollo y pescado— con arroz cocido y en raciones adecuadas.
Lo mismo pasa con la diabetes: en 2024, la prevalencia en adultos en Japón era de 8% y 16.4% en México. Efectivamente, Japón invierte más en salud: alrededor de 10.6% de su PIB y 5,790 USD per cápita; México 5.9% del PIB y 1,588 USD. Con esa diferencia, pretender resultados equivalentes es como pedirle a dos automóviles correr la misma carrera, cuando al piloto mexicano sólo le dan la cuarta parte del combustible. Japón tiene casi el mismo número de médicos: 2.6 por mil vs. 2.7 por mil en México. Pero la diferencia está en enfermería: Japón reporta 12.2 enfermeras por cada mil habitantes y México 3. Ahí se explica parte del desempeño: seguimiento, prevención efectiva y cuidado sostenido, especialmente en un país que envejece aceleradamente.
También pesa la arquitectura del sistema. Donde hay reglas simples de financiamiento y una “ruta” clara del paciente, la detección y el control de crónicos se vuelven rutina. Donde la cobertura y la calidad varían por empleo, territorio y proveedor, la continuidad se rompe y los padecimientos avanzan.
La comparación deja tres lecciones: 1. Invertir más, con foco en primer nivel, salud pública y prevención basada en evidencia. 2. Rediseñar el “ambiente de riesgo” (etiquetado, bebidas azucaradas, escuelas, movilidad, espacios para actividad física) y responsabilizar a los ciudadanos, porque la clínica no puede corregir, sola, lo que la calle produce, y 3. Construir capacidades de cuidado —enfermería, gestión de crónicos y cuidados de larga duración— para que vivir más no signifique vivir peor.
Porque, al final, la “salud pública” no se decide en el consultorio, sino en el diseño de las ciudades, en lo que cuesta comer bien, en la escuela, en el trabajo, el acceso a los servicios sanitarios y en la capacidad del Estado para sostener políticas durante décadas. Ése es el verdadero punto de comparación: no Japón contra México, sino corto plazo contra visión. Y, ahí, el indicador urgente es ejecutar y medir con transparencia.
